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La era del homo zapping
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por Marcos Mayer

La televisión captura cada vez más el tiempo y la cabeza de los argentinos. Su capacidad de penetración en la sociedad es del 82,63 por ciento y se mira un promedio de cuatro a seis horas diarias. Ninguna otra actividad cultural o informativa puede hacerle sombra. Aunque sus recetas más habituales sean la repetición y la autorreferencia, sus dominios, personajes y temáticas se extienden también al cine y el teatro.
Las cifras confirman lo que salta a la vista. La televisión está en todas partes. Son raros los bares y restaurantes a los que se pueda concurrir sin que haya un aparato encendido con las imágenes de las noticias o algún partido de fútbol carente de interés. Eso sí, siempre sin sonido. También están en las salas de espera de los pediatras, en los andenes de trenes y subtes, colocados sobre los simuladores de caminata de los gimnasios, y
algún pasajero atento habrá visto con cierta aprensión una televisión haciendo equilibrio sobre el tablero de un taxi.
TEA Imagen informa que los argentinos pasan frente al televisor un promedio de cuatro a seis horas diarias, una cifra que se condice con una investigación de la consultora IPSOS, de Mora y Araujo, que constata que los ejecutivos, el sector más ocupado de la población, destinan tres horas por día a mirar televisión. La misma fuente revela que se dedica un promedio de media hora diaria a la lectura de diarios y poco más de una hora a navegar por Internet. O sea entre seis y ocho veces menos.
El 33 por ciento de los hogares posee dos aparatos de televisión y el 11 por ciento tres o más; más del 60 por ciento está conectado al cable o a la televisión satelital y el índice de penetración de las transmisiones televisivas está en constante crecimiento respecto de otros medios de comunicación hasta alcanzar en el primer trimestre del año al 82,63 por ciento.
Es cierto que las sociedades occidentales están en el camino a una hipertelevisación, pero en la Argentina el fenómeno se produce a un ritmo muy acelerado y toma carices propios. Por de pronto, los productores y protagonistas de la televisión local pertenecen a un sector en zona de riesgo: la clase media, que está en crisis con sus valores tradicionales el valor de la educación y el trabajo, la movilidad social, el progreso como destino, pero se resiste a abandonarlos aunque ya no crea del todo en la eficacia de esos valores y en su correlato con la realidad. En ese estado de crisis, la televisión tiene para ofrecer una especie de utopía conservadora: la construcción de una realidad con reglas propias. Tan conservadora que hace rato que la televisión no cambia su repertorio de figuras, como lo demuestra la reiteración de los mismos personajes y los mismos premiados en la última entrega de los Martín Fierro. El ritmo acelerado de esa utopía ha hecho que la televisión ocupara otros espacios, como es el caso de las productoras cinematográficas de origen televisivo como Telefé o Patagonik.
Hay realidades que la televisión no puede generar por sí misma, al menos por ahora. Pasa con el fútbol, por ejemplo. Pero ahora la televisión abierta sólo transmite los partidos internacionales de Boca, y ha dejado a las competencias en las que participa la selección nacional a cargo de los canales de cable o los de menor audiencia. Otro tanto ocurre con la música. Por una parte, se genera música de origen televisivo —"Operación Triunfo" y sus equivalentes— por la otra, se ignora, con el argumento de que la música es "pianta-rating" como sostienen todos los productores, cualquier manifestación artística, desde una presentación en el Colón hasta un recital de Charly García, pasando por la indiferencia hacia artistas que visitan el país y que son exitosos como Norah Jones e Ibrahim Ferrer.
En este sentido, plantea José Luis Petris, semiólogo y profesor de la materia "Semiótica de los géneros contemporáneos" que se dicta en la UBA: "Hoy la televisión es el Aleph de la calle Garay que nos describe Borges. No solamente por ser ese "punto" que contiene, o parece contener, todos los puntos del Universo, sino principalmente porque es de visión privada, y hasta íntima. Es decir, la multiplicidad y pluralidad de ofertas que hoy es la televisión por cable, que desdibuja la histórica hegemonía de la televisión por aire convirtiéndola en sólo una parte de esa oferta, más la práctica individual del zapping, elimina el referente común. Ya casi nadie ve lo mismo en televisión, lo que impide el debate sobre textos concretos de la televisión. Hoy se la discute desde visiones individuales construidas por fragmentos. La crítica a la televisión es principalmente una crítica meta, es a la televisión como medio y no a sus textos".
Ese mundo perfecto y cerrado forma parte importante de la conversación argentina y ha llegado a zonas que se habían mantenido tradicionalmente ajenas a la TV. En la revista "Debate", el sociólogo Horacio González, actual subdirector de la Biblioteca Nacional, analiza —con todo el aparato crítico del que dispone— a "Los Roldán" como un fenómeno cultural. Pero la inversa nunca se verifica: nadie habla, salvo en algún programa de cable, de su último libro. Todo el episodio deja en claro que la relación de la tevé con el resto de la producción cultural argentina está desbalanceada. Algo que quedó en evidencia con el final de "Resistiré": se podría decir que la lógica de un medio de comunicación es funcionar como intermediario de un hecho que es ajeno a él y transmitirlo. Por ejemplo, que se viera por televisión una obra de teatro que ocurre en una determinada sala. Aquí el elenco de esa tira ocupó un teatro para transmitir el programa en pantalla gigante, lo que a su vez fue objeto de una transmisión televisiva. La utopía de esa transmisión es que no existía un afuera de la televisión.

- Risas célebres
Se podrían rastrear algunos síntomas de esta utopía. Algunos son muy evidentes: la superabundancia de programas televisivos sobre la tele. Desde los que se ocupan de propalar chimentos hasta las disecciones de lo que ocurre en los programas en los que conviven la acidez y la condescendencia que propone "Televisión Registrada". Se muestra por televisión a gente que comenta lo que pasa en la televisión. Autorreferencia se llama este gesto en los análisis críticos, por ejemplo los que hablan de la literatura de los últimos tiempos. Pero mientras se dice que los textos literarios se han ido quedando sin lectores por esta actitud, pareciera que la autorreferencialidad en la que transcurre la televisión es una mercancía que le ha permitido sobrevivir a todas las crisis y que ha terminado por fortalecerla.
Otras señales de la utopía de la soledad tienen que ver con ciertas desapariciones, sobre todo en el terreno del humor. Cuando habla de su trabajo, Antonio Gasalla explica que cada uno de sus personajes —Mamá Cora, Soledad Solari, la maestra o la empleada pública— está construido alrededor de una ideología. O sea que cada uno de ellos asume un lugar y una posición ante el mundo y a partir de esa definición entra en una serie de peripecias, arma su historia como puede, sobre todo con sus carencias. Había en los programas de sketchs —hoy ausentes de la pantalla local—, incluso en aquellos que trabajaban con la reiteración de fórmulas, un esbozo de relato. Un personaje es un conglomerado de rasgos en evolución demorada, una tipología. El personaje cómico era la manera en que la tele incorporaba los comportamientos sociales.
Hoy la comicidad está pegada a sí misma. Tanto "Videomatch" como "CQC" junto a "Televisión Registrada" los tres nominados a "mejor programa humorístico" en los Martín Fierro de este año- generan el hecho cómico valiéndose de la realidad. Desde los acosos a políticos de los cronistas de Mario Pergolini que crean el humor allí donde no lo hay, hasta las cámaras ocultas de Marcelo Tinelli que convierten a una broma privada en un suceso cómico, el circuito del consumo es autoproducido. Hasta "Todo por dos pesos" trabajaba con la perversión del círculo de la fama televisiva.

- Un oscuro día de justicia
En el momento de mayor crisis de la representatividad política en la Argentina, a finales de 2001, fue la televisión la abanderada en el rechazo sin matices de los políticos. Sorprendía, por ejemplo, ver a Jorge Rial y a Fabián Gianola, en general dedicados a menesteres más frívolos, calificar con insultos gruesos las actitudes y acciones de los gobernantes. La época resultaba adecuada para ocupar lugares vacíos. La imagen televisiva era la verdad frente a la realidad de la devolución de los depósitos en pesos, en el mejor de los casos. La única verdad es la tele. Todo muestra que en el contexto de la pesadilla argentina, lo virtual se convierte en realidad. El hambre es más hambre con Barbarita en el programa de Jorge Lanata y las inundaciones resultan más intensas con los movileros dentro del agua, la inseguridad es un axioma irrefutable en Crónica TV y Canal 9, alrededor del cual unos obran por acumulación de imágenes y los otros por énfasis discursivo.
Al respecto de la TV a partir de finales de 2001, Carlos Ulanovsky, periodista y escritor, autor de Estamos en el aire, una historia de la televisión nacional, sostiene: "Como no podía ser de otro modo, la televisión no estuvo ajena a los profundos cambios sociales que desfiguraron el rostro de la Argentina. Presuntamente, los cambios se iniciaron antes de 2001 pero no llegaron todavía a un piso definitivo y en materia de cambio de audiencias se sigue profundizando. En todos los canales hubo reducción de personal, volaron los profesionales y aumentaron en número los pasantes. En áreas muy sensibles en las que trabajaban veinte empleados hoy, con suerte, queda menos de la mitad. La televisión sufrió el estallido en reequipamiento y esto que es dramático en Canal 7, lo será tarde o temprano en el resto de los canales de aire. Y aunque atada de pies y manos por la extrema austeridad de la torta publicitaria y por la cruenta jibarización de los presupuestos, no observé que los rumbos de los canales ni tradujeran artísticamente semejante decepción ni intentaran caminos alternativos. A la hora de pensar en contenidos sigue mandando el fatídico más de lo mismo."
La pantalla chica fue fijando gran parte de la agenda política y social nacional. Para Nora Mazziotti, autora de La industria de la telenovela, este fenómeno se debe a falencias de las instituciones: "Cuando en un barrio falta agua, la gente sabe que es inútil reclamarle a las autoridades y acude a la televisión en busca de soluciones". Pero esa nueva tarea dejó otras marcas. La frivolidad pasó a ser un pecado cuando el trabajo autoimpuesto es el de construir un país mejor, el que "nos merecemos los argentinos". Hubo un grupo de conductores y periodistas que reaccionaron contra calificativos como "telebasura" o "periodismo amarillo". Algunos lo hicieron con el cinismo del que se sabe ganador, como es el caso de Mauro Viale, dispuesto a admitir que un punto de rating —un valor exclusivamente televisivo— lo justifica todo.
El caso de Juan Castro con el debate sobre las cartas del conductor que se dieron a publicidad a través de la pantalla mostró los términos en que transcurre el discurso que la televisión tiene sobre sí misma. La respuestas a las críticas por violación de la intimidad del conductor de "Kaos" fueron que "el público necesita la verdad" y que "la investigación televisiva colabora con la justicia". La contracara ridícula de este merodeo de lo farandulesco con los tribunales fue el inagotable caso Soldán-Rímolo.
Pero el tema de la justicia no se detiene allí. Basta con ver cualquier partido de fútbol para escuchar el relato a veces indignado, otras cínico, de que se han dejado sin sanción una buena cantidad de penales y que al menos alguno de los goles fue convertido de modo ilícito. La cámara lenta cumple el papel de evidencia irrefutable. La justicia televisiva, indiscutible e inexorable, se impone sobre la del árbitro, humana, y en consecuencia falible. Y a partir de allí comienza el debate sobre si debiera cambiarse el fallo de la cancha por el del telebeam y hay quienes empiezan a abogar por la segunda instancia.

- Sexo, mentiras y ráting
Recientemente se produjo una polémica mediática destinada a ser rápidamente superada por otras pero a las cuales convendría prestar atención. Florencia de la V se autonominó al terceto de las "divas" argentinas junto a Susana Giménez y Mirtha Legrand con la inmediata secuela de debates, desagravios a las excluidas del podio —en especial Moria Casán— y despliegue de prejuicios. Las otras divas, las reconocidas o no, llegaron a la televisión desde otros universos y siempre estuvieron a medio camino entre cierto halo familiero y la apelación sexual. Por el contrario, Florencia de la V es una travesti, que ingresó al mundo televisivo dentro de esa categoría específica que se denomina "mediáticos" y de allí se convirtió en un ambiguo sex symbol que le permitió ser una vedette en la calle Corrientes. Un lugar donde se supone que está en exhibición la mejor carne argentina. Alrededor de este fenómeno se suscitan dos cuestiones: una la que surge de las encuestas que muestran que el público considera mayoritariamente a Florencia como una mujer. El triunfo de la imagen: si se viste de mujer, habla como una mujer y se maquilla y se peina como una mujer, es una mujer. Las diferencias con una mujer nacida como tal no están al alcance de la vista. Lo otro es que el modelo sexual, de belleza y de glamour que propone la tevé argentina actual está enrarecido.
Como vimos, la televisión nacional aspira a la hegemonía en todos los relatos: el de la política, el de la realidad social, el de la justicia. Y justo experimenta una desviación en el terreno que le ha sido siempre más propio, el del juego con la sexualidad, que fue el eje, por ejemplo, de la comicidad de Olmedo y Porcel. En esta zona se produce un doble juego: la expansión y el tropiezo. Lo sexual se traslada a todas las zonas de la experiencia. Baste recordar el enojo de Joan Manuel Serrat en "Agrandadytos" cuando las preguntas de los chicos eran sobre sexo y monotemáticas. Era obvio que estaban guionados para rondar esa zona que les pertenece (Freud dixit) pero no para gracia de los mayores y en código adulto. Hay un pansexualismo imparable y que produce como figura emblemática una travesti.

- La máquina de existir
Este avance de la televisión sobre todos los relatos (que incluso denomina "ficción" a lo que antes se consideraba teleteatro, para marcar que es sólo una inflexión del permanente relato que no deja de emitirse), aún con sus dificultades, torpezas y logros, ejerce una rara fascinación sobre las demás producciones de relatos que tiene la sociedad argentina. Es un tema constante en los suplementos de espectáculos; sus historias llegan a los libros; en las tapas de "Billiken", Sarmiento y San Martín han sido suplantados por Piñón Fijo; y las chicas superpoderosas suscitan análisis sesudos que le proponen un diálogo que generalmente tiene como respuesta la indiferencia.
Sin dudas lo económico tiene un papel preponderante en esta hegemonía de lo televisivo dentro de los discursos culturales argentinos. La pauperización creciente de la población nacional hace de la televisión un medio gratuito —casi el único— de información y entretenimiento.
Para Emilio Cartoy Díaz, ex productor de Tato Bores y director de la escuela TEA Imagen: "En Argentina, la televisión fue tomando cada vez más auge, a partir de la ruptura de los lazos sociales. La época ayuda: en un país empobrecido, esta el que trabaja muchas horas por día, o bien el que no trabaja nada, deja de ir al club deja de ir al café a juntarse con sus amigos a intercambiar ideas. Para debatir, hay que tener tiempo libre y también es necesario formarse, hay que ir al cine, comprar un libro, ir al teatro, comprar un disco. El enriquecimiento cultural viene de la participación y la integración en los grupos sociales".
Pero la cuestión económica no es la única. El precio de un abono mensual de cable equivale aproximadamente al costo mensual de la compra cotidiana de un diario, a tres libros, a seis asistencias al cine, a tres al teatro, o a dos discos compactos. Tampoco la masividad de la televisión debería equivaler automáticamente a que se convierta en tema central para los demás medios. Aunque aquí la televisión maneje cifras que son inalcanzables en otros territorios. Si, como se sostiene en IBOPE, un punto de rating equivale a cien mil personas que ven un programa, tres puntos que son trescientas mil personas y sinónimo de fracaso televisivo serían un enorme éxito en cualquier otra zona de la producción cultural.
Hay otras cuestiones en juego. Por un lado, la televisión tiene un discurso autoritario que se resume en la repetida consigna: "si no está en televisión no existe". No es difícil discutir esta premisa, pero lo cierto es que tiene una eficacia retórica por sentido contrario. Mientras todo lo demás debe probar su existencia, la televisión existe. Con esto convence.
Hay, por otra parte, una dinámica propia del medio que se refleja en el hecho de que los políticos son más proclives a dar una entrevista por televisión que a darla en la gráfica. La televisión es puro devenir. Lo que dice pasa, pese a los programas que trabajan con el archivo y la memoria. De allí que un país con memoria complicada como la Argentina, la televisión trabaja y saca provecho de ese status quo mnemotécnico.
Finalmente, hay una serie de vacíos institucionales que se reflejan en esa nada que ha sido y sigue siendo el canal 7. En este campo, el sector privado ha logrado articular un discurso que incluso se ha constituido como hegemónico. Y es una zona en la que parece que el Estado no tiene nada que decir, o que vive diciendo o desdiciéndose, como lo demuestra el reciente episodio de los programas sobre libros que conducen Cristina Mucci y Osvaldo Quiroga que fueron levantados y rápidamente repuestos ante la protesta del mundo intelectual.
Frente a este panorama tal vez sólo quede por ahora recordar lo que decía el menos indiscutible de los Marx, Groucho: "Creo que la televisión es muy educativa. Cada vez que aparece algo en la pantalla, cambio de cuarto y me pongo a leer un libro".