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Mono Villegas: descansa en jazz
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Por Gabriel Senanes

A diez años de la muerte del pianista más genial del jazz argentino
Yo nací porque no me consultaron antes", decía Enrique Villegas a propósito de su aparición en el mundo, acontecida el 3 de agosto de 1913, en el porteño barrio de Palermo. Según contaba el propio interesado, su padre pasó por la odontología, la abogacía y recaló profesionalmente en la riña de gallos. Su madre murió a los 6 meses de su nacimiento, y era tan joven que "su única función en la vida fue tenerme a mí", resumía su hijo. Cuando Enriquito descubrió la música, encontró la razón de su vida. "Yo no he tenido infancia ni adolescencia ni madurez. Desde que agarré el piano a los 7 años, no he dejado de hacer la misma vida", solía decir.
En 1932 tocó en el Odeón la reducción para dos pianos del Concierto en Sol de Ravel. Dos años después, dio a conocer en nuestro país Rhapsody in blue, de Gershwin, una obra que le iba a dar grandes satisfacciones mucho tiempo después. Su primer trabajo profesional fue como pianista de Eduardo Armani, una orquesta que tocaba en el Alvear Palace Hotel y en radio El Mundo, en 1935.
En 1941 presentó su obra Jazzeta en el teatro Casino, con Carlos García como solista. Un par de años después armó el Santa Anita Sextet, y a fines de los 40 remplazó a Horacio Salgán como acompañante del dúo folclórico Martínez-Ledesma. En 1950 se despachó un concierto en el teatro Odeón, cuyo programa de tres partes, con folclore, música clásica y jazz resultaba una clara
declaración de sus principios, sin otro dogma que la libertad. Fue uno de los fundadores del Bop Club local, la asociación lícita de los admiradores nativos de Charlie Parker y su gente. En 1953 escribió la música de Un tranvía llamado Deseo, para la compañía de Mecha Ortiz.
En 1955, el sello Columbia lo hizo grabar en Nueva York junto a dos grandes: el contrabajista Milton Hilton y el baterista Cozy Cole. Le fue tan bien que a un productor no se le ocurrió mejor idea que proponerle grabar... boleros. "No soy cantante, ni lo seré", respondió el Mono, y se volvió por donde había venido.
En ese y sus muchos otros viajes, escuchó y conoció a Bud Powell, Ellington, Count Basie, Art Tatum, Cole Porter y Nat King Cole, y hasta tocó en piano a cuatro manos con Erroll Garner.

- La razón de su vida
Desde entonces, el signo de su vida musical fue solo hacer caso a lo que dictaran sus reales ganas. "Jamás me prostituí con la música. Desde que escuché por primera vez a Duke Ellington elegí el jazz. Y me importa un cuerno el dinero".
Lo de Mono se explicaba con solo verlo. "Una vez, un mozo, muy enojado porque le protesté al ver un tornillo en mi sopa, me preguntó medio agresivamente: `¿Y a usted, por qué lo llaman Mono? Yo le contesté: `Será porque imito muy bien a los seres humanos".
Fue una especie de Macedonio Fernández de la música. "Las cosas que más le gustaban a Macedonio son las que más me gustan a mí". Tuvo cuatro encuentros con el genial pensador, en los que el Mono tocaba Schumann y Brahms, y luego se quedaban hablando. O mejor dicho, el Mono se quedaba hablando, mientras Macedonio escuchaba. "Macedonio era el tipo que mejor escuchaba en el mundo", recordaba Villegas.
En sus recitales, solía suceder que el Mono hablara más de lo que tocaba. Y siempre en clave de solfa. "Es que el humor es la única salida del artista: si no, le daría horror la realidad y la vida de los seres humanos actuales, que es la de siempre", filosofaba.
No era religioso. "Yo no creo en Dios. Pero si quiere existir, por mí que exista, no me opongo. Si yo fuera Jesucristo, no me dejaba crucificar ni loco".
El tiempo libre que le dejaba la música se le iba en cine y en mujeres. "Lo que más disfruto es la música y el amor. Si uno fuera una especie de hermafrodita con un órgano sexual distinto en cada mano, se la pasaría aplaudiendo".
En los 70 tuvo su boliche propio, Villegas y sus Amigos, que terminó cerrado por ruidos molestos. El año 1971 vio por primera vez en la historia a un Mono tocando el piano en el Teatro Colón. En programa, Rhapsody in blue junto al maestro Pedro Ignacio Calderón y la Filarmónica de Buenos Aires. En 1974 hizo la rapsodia de Gershwin en el estadio de Vélez. Y al año siguiente volvió al Colón, esta vez solo para jazzear.
"No hay un jazz argentino. Hay, sí, argentinos que hacen jazz", sentenciaba.
En momentos en que tocar jazz resulta para muchos un mero ejercicio de copia de patrones estándar, el caso de Villegas parece raro: un artista insobornable que no quiso parecerse a nada ni a nadie, más que a sí mismo.

Libre como un pájaro
por LAURA HAIMOVICH / Diario Clarín 2001

Fue el pianista de jazz más importante de la Argentina. Difícil de encasillar, incursionó en el tango, la música clásica y el folclore. Infatigable charlista, fue también un personaje entrañable de Buenos Aires.
Un amigo del Mono, el contrabajista Ferio, mandó un telegrama desde Mar del Plata: "Que descanses en jazz", decía. "No se murió. Se cansó de ser libre", escribió entonces otro entrañable del pianista, Hermenegildo Sábat. "Nunca vi un velorio así: había colectiveros, tacheros, intelectuales, músicos, gente del barrio. Las jarras de café iban y venían, como las empanadas y las tortas. Se contaban anécdotas y nos matábamos de risa. ''Pero che'', interrumpió alguien por lo bajo y solemne. Sin embargo, ese clima siguió, como naturalmente él lo hubiera querido", recuerda hoy el pianista y compositor Manolo Juárez sobre la muerte, hace hoy quince años, de Enrique Mono Villegas.
El contaba que había nacido porque no lo consultaron antes. Eso fue en una casa que estaba en Charcas y Libertad, en 1913. Su papá, "un tipo extraordinario", decía, fue dentista, escribano, abogado y después largó todo para dedicarse a criar gallos de riña. Su madre, en cambio, lo único que hizo en la vida "fue tenerme a mí": murió siendo adolescente, de un ataque cerebral mientras hablaba por teléfono, seis meses después de que Enriquito llegara al mundo. Al chico lo criaron unas tías e "hice todo lo que se me dio la gana toda mi vida".
El Mono consideraba que su biografía se había terminado el día que cumplió siete años. "Yo aprendí a esa edad a tocar el piano y a leer, y eso fue lo único que hice durante el resto de mi vida". Dos semanas después de soplar las velitas, ya tocaba correctamente a Mozart.
Autodefinido como "un tipo inteligente que es músico de raza y de nacionalidad pianista" llegó hasta el cuarto año en el Colegio Nacional Mariano Acosta, donde "lo único que hacía era dormir y hacerme la rata para ir a estudiar (Debussy y Ravel, porque "su música era lo más parecido al jazz") al conservatorio. Por eso, antes de terminar el curso, me echaron", relató en una entrevista.
Su primer trabajo fue en el Alvear Palace y en radio El Mundo, alrededor de 1935, donde ganaba muy bien. En el hotel, también comía. Hasta que un día a algunos muchachos que tocaban con él en la orquesta de Eduardo Armani se les ocurrió tirar manteca al techo y robarse los cubiertos. De la emisora tuvo que irse cuando afirmó que la muerte de Ravel era mucho más importante que la del Papa y se armó un escándalo.
"Soy un loco y un vicioso", repetía a los periodistas. Lo primero, explicaba, "porque me gusta vivir con el piano, donde sea". Lo segundo "porque me desvivo por tocar en cualquier momento".
A Nueva York llegó por primera vez en 1955, empujado por un amigo que creía que el músico conquistaría a los yanquis y él se alzaría con una pila abultada de dólares. Pero, tras grabar con el contrabajista Milton Hilton y el baterista Cozy Cole, la Columbia quiso obligarlo a hacer boleros de Ernesto Lecuona y él dijo que no. En cambio, se dedicó a mirar películas —algo que adoraba—, a tocar en pequeños bolichitos y a frecuentar a los genios del jazz, como Cole Porter, Count Basie, Nat Cole y Coleman Hawkins.
Se sentía deudor de Ellington, a quien escuchó por primera vez en Cleveland en el 57. "Gracias a él yo empecé en el jazz, aseguraba. "Los dos tenemos algo en común: jamás repetimos la música aunque toquemos los mismos temas porque estamos convencidos de que el jazz, como la conversación, debe ser espontáneo. Esa —consideraba— "fue la causa de mi fracaso en Estados Unidos (donde vivió durante ocho años). La gente compraba un disco mío y luego en el teatro descubría que la música no era la misma".
A Villegas, que llegó a grabar diez elepés, no le gustaban los registros. Hoy en cd sólo se consigue Al gran pueblo argentino, ¡pianos!, de Epsa y, con suerte, Enrique Mono Villegas, grabaciones inéditas y 100 años de Gershwin, con Villegas y Fats Fernández, de Melopea. En su casa no tenía ningun elepé. "Sólo los lancé cuando me dejaron grabar lo que quería", decía con esa sonrisa que era otra de sus buenas costumbres. Un hábito que no perdió nunca, como el de anotar todas sus actividades —hasta las más íntimas o intrascendentes — en una libreta o el de tomarse su vaso de leche.
"El fenómeno es la música, que abre todas las puertas de la comunicación. Cuando toco necesito que por lo menos uno me escuche", sentenciaba el Mono. Alguna vez quiso explicar su apodo: "Me llaman así porque imito muy bien a los seres humanos".
En 1971, el señor de baja estatura y larguísimos brazos sobre el teclado fue el primer jazzman en tocar en el Teatro Colón. Como personaje, llegó a ser muy popular, "pero no creo que muchos me hayan escuchado", se sinceraba el genio rebelde que fue un intérprete excepcional de los teclados y rompió con los preconceptos de una supuesta pureza en la música.
Sus shows tenían tantas palabras como música. Una vez, desde la pullman de un teatro, una espectadora reclamó: "que empiece el concierto". "Señora, el concierto ya empezó", le contestó. "Bueno, que empiece la música", insistió la mujer. "Señora, cuando empiece la música usted no la va a entender". Y siguió charlando.
Dio a conocer en Buenos Aires Rapsodia en Blue, de George Gershwin. Amaba a las mujeres en una relación inversamente proporcional al dinero. "Disfruto más que nada de la música y el amor. Si fuera un hermafrodita con un órgano sexual en cada mano me la pasaría aplaudiendo".
"Hay que rescatarlo: porque para él la musica era una alternativa más del afecto y la emoción y porque riesgosamente para su integridad artistica nunca dudó en tirarse a la pileta", opina Manolo Juárez quien le dedicó su Chacarera sin segunda porque el Mono siempre se reía de los folcloristas que, tras esa frase, repetían el segundo tiempo igualito que el primero. "Su libertad para vivir es un ejemplo que va más allá de cualquier género"