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La Psicología y Luca Prodan
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subir a el rock en argentina. 
Por Andrés Barbarosch (Miembro del Centro Descartes)
Fragmento del trabajo “Una imagen de Luca Prodan”.

Luca Prodan y su caída del espacio de la paradoja
ACERCA DE LOS SIGNIFICADOS DE LA VIDA Y LA LEYENDA DEL CREADOR DE SUMO

El enigma de la vida, la muerte y la creación se presenta con particular intensidad en el caso de Luca Prodan; también en el de la figura del artista convertido en leyenda; también en el de las llamadas toxicomanías. En estas páginas, tres psicoanalistas proponen tres aproximaciones diferentes para una misma memoria.
El consumo de opio y sus derivados ha constituido uno de los modos más característicos de la drogadicción a través de los tiempos. Una vasta
producción de obras literarias, en los géneros más diversos, desde los diarios de viajes y novelas hasta los ensayos filosóficos y morales, tomó como motivo sus efectos. Thomas De Quincey, con Confesiones de un inglés comedor de opio (1821), inaugura un género: el testimonio personal sobre la experiencia con las drogas, que se continúa en escritores como Charles Baudelaire, Jean Cocteau y William Burroughs. En La condición humana, André Malraux iluminó la meditación filosófica de un anciano profesor a través del opio; en El americano impasible, Graham Greene retrató el consumo de esa sustancia.
Históricamente, el opio ha sido moneda de cambio; en el siglo XIX, condujo a una guerra que fue bautizada con su nombre; según Karl Marx, la religión, para los pueblos, le fue equiparable. ¿Qué misteriosa presencia parece habitar al tóxico capaz de suscitar encantamientos y hechizos? ¿Es el llamado de la muerte, con su belleza inconmensurable? Y, entre los opiáceos, los efectos de la heroína se cuentan hoy entre los más devastadores, en una época que Giorgio Agamben caracterizó como la del surgimiento de la toxicomanía de masas.
En 1981, Luca Prodan partió del aeropuerto londinense con el fin de escapar de una muerte que le pisaba los talones. Italiano, pertenecía a una familia adinerada y culta, y de niño había sido destinado a un colegio pupilo en Escocia, con el fin de recibir allí la educación de las elites. Pero la experiencia del aprendizaje fue la de la exclusión y el malestar. Los italianos habían perdido la guerra y, en ese ambiente anglosajón, eran los cobardes. También hizo amigos, uno de ellos argentino: Timmy McKern.
Luca Prodan escapó de la escuela y de sus padres, conoció el hippismo de los años ‘70, la psicodelia, el rock, los ácidos, el punk y la heroína, a la que se volvió adicto. Su hermana Claudia se había suicidado en 1977, junto con su novio, y la heroína habría tenido que ver con esas muertes. En Londres, una sobredosis lo había puesto a él mismo al borde de la muerte: años después su madre relató que, tras estar en coma varios días, para sorpresa de los médicos, despertó. De vuelta en Italia, conoció la cárcel en dos ocasiones, por desertar del servicio militar y por posesión de marihuana.
Decidió venir a la Argentina “porque aquí no había heroína”, según relataría más tarde. Tomó esa decisión luego de recibir una foto de Timmy McKern con su mujer y sus hijas en las sierras cordobesas. A Europa sólo regresaría en dos oportunidades para solucionar asuntos pendientes y manteniendo la idea de desligarse del Viejo Mundo.
La llegada a las sierras de Córdoba, a casa de Timmy, fue caracterizada como el encuentro con un paisaje bucólico, conmovido por la llegada del extranjero, transido a su vez por el doloroso período de abstinencia. Lo que aparece como marca diferencial es la experiencia de hacer música.
Sumo, la banda con la que inscribiría su nombre en la historia cultural argentina, es, según testimonios, efecto de la rabia de la abstinencia: Luca Prodan al cantar, en sus comienzos, rabiaba, cuentan. Sumo apareció en el circuito del underground porteño, que comenzaba a despegar de la más cruenta de las dictaduras militares de la historia argentina, en medio del ensueño pesadillesco de la guerra de Malvinas.
Luca Prodan habla en italiano, chapurrea en español y canta en inglés. Trae entre su breve equipaje otra música, la de su experiencia en Londres; impresiones, trazos de estilos que darán un giro a lo ya conocido.
Entretanto, el alcoholismo aparece en la vida de Luca Prodan en continuidad con el abandono del consumo de heroína, como una muerte lenta que lo va consumiendo. El psicoanalista Donald Winnicott puso el acento en la creatividad, como aquello que nos da el sentimiento de estar vivos, lo que nos dirige hacia nosotros mismos, frente a la impresión de estar siendo dominados por una máquina o por efectos de la manipulación de algún otro o de una droga. Ese interés le posibilitó descubrir lo que dio en llamar objetos y fenómenos transicionales. Estos aparecen primero localizados en el espacio que se configura entre la madre y el bebé, y su particularidad es estar articulados a una paradoja: no pueden ser localizados en el interior ni en el exterior, no pertenecen ni a la madre ni al bebé.
El progresivo abandono de objetos y fenómenos inaugura una zona intermedia de experiencia en la que suele transcurrir la vida humana cuando no se encuentra ocupada por las exigencias de la realidad externa ni se ha replegado sobre el mundo interno.
Por allí transitan tanto el juego de los niños como los chistes, las inflexiones de la voz, la especulación filosófica, la creación artística, la religión, el psicoanálisis, en síntesis: el conjunto de la experiencia cultural. A su vez, como patología de este espacio: la adicción a las drogas, el ritual obsesivo, la locura.
Luca Prodan podía habitar el espacio de la paradoja en su obra creativa, pero, perdido de ella, se dirigía insistentemente a lo aterrador que Winnicott encuentra en los juegos de los niños y, más allá, a lo patológico que es la abolición de ese espacio transicional. Hay una fascinación en el laberinto de los tóxicos y el alcohol. Esa tensión permanente entre el alcohol o los tóxicos y la obra artística –en la que esas experiencias han dejado sus marcas– aparece como un interrogante esencial en lo que concierne a la especie humana.
Lo cual no es ajeno a la inquietud que despiertan los equilibristas cuando despliegan un acto cuya belleza incomparable atribuimos a que la vida, por unos instantes, se sostiene de un hilo capaz de dejarlos caer al vacío. Se pasa de la ilusión al vacío y otra vez del vacío a la ilusión.
Una imagen de Luca Prodan contornea los bordes de ese abismo que rodea el universo creativo; su música, sus canciones se alimentan de esos gaps, esos hiatos que aparecen subrepticiamente en las escenas de la vida callejera y cuyos pliegues esconden la pesada presencia de la muerte.

El misticismo y el éxtasis
Por Ricardo Nacht / Investigador en un proyecto sobre toxicomanías financiado por UBACyT.
Fragmento del trabajo “Luca místico”.

Desplegar la escena del sujeto es acompañarlo hacia su muerte, tal sería lo que Hamlet enseña. La perspectiva trágica sobre Luca nos diría de una vida que ha sido empujada a la muerte, de una vida sacrificada, puesta en sacrificio; en donde la figura del padre cobra un relieve particular. A Luca lo sabemos habiendo roto lazos con lo familiar, con su lengua; al tiempo que supo navegar entre lenguas y entre varios lenguajes. Cómo no pensar que semejantes caídas y pérdidas habrían trastrocado el registro del cuerpo y del placer, siendo que es a éstos a quienes les toca soltar amarras (identidades), como se dice, para que el devenir que la música impone se ajuste a lo que de silencio la constituye.
La mística, por su parte, es una experiencia que tiene al silencio en su horizonte. Wittgenstein, para quien lo que no se puede decir se muestra, hace de la música la experiencia que allí se abre. Con San Juan de la Cruz, el no saber alcanza el estatuto de experiencia. La perspectiva mística no ha sido nunca la de la tragedia, más bien se acerca al juego. Al psicoanálisis le interesa toda experiencia que se sostenga en alguna forma del no saber, ya que es allí donde el psicoanálisis se constituye como práctica. Para Lacan, sus propios escritos deberían ser leídos como jaculatorias místicas, luego de lo cual señala la importancia que tendría para el psicoanálisis adentrarse en territorios a los que la música, y sólo ella, conduce.
Luca no parece haber puesto su vida en una dirección hamletiana. Su experiencia deja ver momentos tanto de
abandono como de éxtasis, de identidades quebradas que van por momentos al límite de un dejarse poseer (véanse los videos de sus presentaciones), lo que se dejaría pensar como una experiencia que se acerca a lo inefable. Música y sonidos, letra y canto, cuerpo y baile, refieren a otra forma de paternidad, distinta de aquella trágica que se monta en la familia moderna.

En “la casa noble”
Por Débora Fleischer / Directora del Centro Descartes.
Profesora en la Facultad de Psicología de la UBA.
Directora de una investigación sobre toxicomanías financiada por UBACyT. Fragmento del trabajo “Heroína"
Tomemos el “se dice”: se dice de Luca que viene de una familia rica, que fue internado en un colegio y que se escapó, como se escapó del servicio militar; que sufrió un coma por sobredosis de heroína, del que casi no sobrevive, a diferencia de su segunda hermana, Claudia; que ve una foto de su amigo Timmy en las sierras cordobesas y huye de la droga; que en la Argentina se convierte en un padre del rock nacional, que marca a toda una generación, que se hace adicto a la ginebra y que muere intoxicado.
La foto que aleja a Luca de Europa evoca para él el paraíso de la infancia: Tarquina, donde la casa de Luca era “la casa noble, la más importante del pueblo”. En ese paraíso experimenta Luca cuando se introduce en un pozo profundo con peligro de morir o cuando se sumerge en el océano para bucear en apnea; distintas formas, quizá, de buscar el éxtasis. Bucea en agujeros que no constituyen para él un vacío con recubrimiento simbólico sino un vacío que las letras de sus canciones intentan bordear, pero sin lograr la cobertura que, desesperadamente, busca. ¿No se trata de una falta sin nombre, como manifestación de fondo sobre las que se asientan las formas del remedio equivocado? Hay un deseo que rápidamente se satura, un aburrimiento que lleva a una acción permanente. Hay hastío en esa búsqueda incesante, que no le permite parar y muestra la evidencia de que ha perdido el control sobre sus objetos.