Estamos trabajando en la nueva versión del sitio, enterate como participar.



Viaje al universo Spinetta
 Vistas desde creación:2932
 Vistas desde último cambio:2813
 Vistas este mes:2932
 Vistas este año:2932
subir a el rock en argentina. 
Por Cristian Vitale

Viaje al universo Spinetta en ronda de conversaciones.
Literatura: “Martropia”, de Juan Carlos Diez
En Martropía, el periodista recopila varios encuentros con Luis, que dejan revelaciones sobre su obra y su inspiración.

Periodista: –Mucha gente dice “Uy, las letras del Flaco son difíciles”...
Spinetta: –Es un mito eso de que lo mío es difícil. De todos modos, es preferible eso a que sea una cosa que tenga una lectura rápida, que no tenga vuelo y carezca de imaginación. Hay un montón de gente que nota la diferencia. Eso es lo más importante. Y para mí es excitante, porque me sitúa fuera del radio de acción del bobero.
Spinetta: –La música se parece más a un animal que al hombre.
Periodista: –¿Por qué?
Spinetta: – No sé, es como si la música fuera una medusa o una mariposa. Tiene una
animalidad, una cosa indomable. Por más que le escribamos o le combinemos lo que sea siempre abarca mucho más. Y por otro lado despierta sentimientos que no están regidos por ningún rencor.

El periodista es Juan Carlos Diez, de 51 años: por uno de esos soplos luminosos que enciende la profesión, pudo interceptar durante cinco años a un ser-músico esquivo y extraordinario.
A un nigromante de las letras y los sonidos ante quien cualquier palabra –incluso extraordinario, incluso neologismos de moda– es escasa para definirlo.
“Más de una madrugada tuve el privilegio de escucharlo en la quietud de una cocina aromada de azafrán”, congela Diez en la introducción del libro que editó como resultado de la experiencia: Martropía.
El diccionario no sirve para la palabra –como tantas otras en la cosmogonía spinetteana–, pero el autor dice que es el estado de ensueño producido por la visión súbita de puentes amarillos, lo cual linkea directo con el objetivo: traducir en 261 páginas una hoja de ruta “arbitraria” sobre ideas y pensamientos del creador de la cantata de esos puentes.
Durante buena parte de sus días, Diez compartió comidas untadas por las manos de un Flaco “con vincha roja, delantal y manos quemadas en el horno”.
Chuletas al whisky con arroz, por caso.
También lo presenció cantando tangos de entrecasa, tomando mate dulce, o devolviendo al presente los acordes de “Tanino”, canción que Luis compuso en la Navidad de 1977 con Dante en brazos.
Se entreveró atardeceres y noches entre discos de vinilo, mate cocido y autos dibujados con tinta china para escucharlo decir –por ejemplo– que Los Socios del Desierto fueron un aserradero sinfónico.
Tal vez, Martropía pueda ser mirado como la continuación de Crónicas e Iluminaciones, el incunable que el periodista Sergio Berti terminó para la época de Don Lucero y que jamás volvió a editarse después de 1993.
Pero el toque cálido y poco cronológico-periodístico que le otorga Diez a la larga entrevista le adiciona un clima singular.
No solo hubo cenas, meriendas y minirrecitales caseros, sino registros presenciales de tomas de grabación.
Una de ellas, datada el 12 de noviembre de 2003 a las 9 de la noche, muestra a un Flaco hiperkinético y perfeccionista retándose a sí mismo mientras no le sale la voz en el tema “Dos murciélagos”.
Diez gastó casetes y pilas en cantidad para desenredar las obsesiones de Luis: el sol, los andenes y las esperas bajo la lluvia, tópicos que impregnan algunas de sus canciones.
Para capturar las fijaciones poéticas que enlazan “Muchacha” (Almendra), “Para ir” (Almendra II) y “Lago de forma mía” (Pelusón of Milk)
O lo que han influido en su creación Van Gogh, Rembrandt, Mahler, El Bosco, las letras de Manal, Cuchi Leguizamón, Hendrix, el “cósmico” George Harrison o Miles Davis, ese que “te hace ver el universo según su trompeta”.
O los amarres entre Artaud, Sade y cualquier kamikaze.
O esa especie de platonismo antiacadémico que el Flaco describe con otras palabras.
“Todos tenemos visiones de un universo que no comprendemos. Nociones de haber visto algo inconfesable, que no se refiere a cosas de la Tierra”.
En dilatadas conversaciones nocturnas, donde el letargo y la paz del marco suelen guiar las palabras, Spinetta también introdujo al periodista en los enigmas de muchas de sus canciones.
Le confió que “Penumbra” –finalmente incluida en la banda de sonido Fuego Gris– la compuso antes que “Muchacha” y que la prueba está en los acordes con aire a “Dear Prudence” de The Beatles en la era White Album.
Le reveló, ante la luz verde de una hornalla, que el Capitán Beto se llamaba Heriberto Aguirre y que, para armar su nave –mezcla de pirámide y colectivo– usó técnicas perdidas en la noche de los tiempos.
Que Cacho, el que se muere de risa en “Resumen porteño” (Bajo Belgrano), es un gilastro que va a pescar a la Costanera “como un idiota” y no se da cuenta de que está pescando un cadáver.
Que el enemigo al que le apunta en el tema de “Para los árboles” tiene varias caras: el senador coimero, o los himneros de la recaudación discográfica “viciosos de lo fácil, que ganan un montón de plata con dos tonos, un plagio y una letra horrible, y aprovechan la necesidad de la gente de escuchar algo fácil... porquerías musicales, que son polución, desechos contaminantes”.
Spinetta revela incluso que ninguna letra nació de un sueño pero que algunas, “Alcanfor”, por caso, lo parecen. “Lo compuse en la época de Almendra II, no sé bien en qué estado mental me encontraba para escribir esa canción, tal vez un delirio, producto de mis sueños infantiles (...), de mis miedos a las locomotoras. Los bloques y rayas que asaltan mi espacio me privan de mi libertad”.
Y que nunca pudo entender “La herida de París”.
Gran colocación zen hubo de primar para que el Flaco confesara que una vez hizo “La sed verdadera” (de Artaud) para expresar que “los hombres estamos hechos con el polvo de las estrellas”.
Que tiene fans ¡en Plutón! O que la sensación que le aparece cuando escucha a The Beatles es que han hecho el sonido en un mural, “en algo que el tiempo no trastorna”.
Lo que el tiempo no trastorna, después de todo, es a este músico que luego de 38 años de trayectoria, más de 40 discos editados y de “rasgar el alma de miles” con canciones de las más maravillosas que se han escrito jamás en esta Tierra, autodefine: “Mis canciones son una linda nebulosa... lo mío es estilo magoya”.