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Borges y la fábula de la noche
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Por Jorge Luis Borges
Fragmento de la conferencia “Los sueños y la poesía”, pronunciada el 19 de septiembre de 1980 en la EFBA e incluida en el libro Borges en la Escuela Freudiana de Buenos Aires (ed. Agalma). Próximamente –con el auspicio de la Secretaría de Cultura de la Nación–, la EFBA presentará un CD con el audio de las conferencias.

BORGES HABLA A LOS PSICOANALISTAS
“Fábula de la noche”
“A todos nosotros, sobre todo a quienes han cometido la imprudencia de cumplir 81 años, nos han sucedido cosas terribles. Pero el sabor de lo terrible no es el sabor de la pesadilla, que es inconfundible, como el sabor del café”, dijo Borges, en 1980, en una conferencia destinada a un público de psicoanalistas.

Iniciaremos este diálogo con una referencia a Paul Groussac.
El libro se llama El viaje intelectual, creo que en la segunda serie hay un artículo titulado “Entre sueños”, y Groussac, al fin de ese artículo, se asombra, creo que con toda razón, de que cada mañana salgamos de ese confuso laberinto, de ese orbe irracional de los sueños, y nos despertemos relativamente cuerdos, relativamente lúcidos.
A él le parece muy raro que, después de ese eclipse, recobremos, más o menos, la razón, y creo que Groussac dice la verdad.
Creo que los sueños son uno de los hechos más singulares de la vida.
Es desde luego el problema: cómo dividir los sueños de la vigilia.
Pero ya veremos algo de eso después.
Creo que Lucrecio también habla de los sueños, pero tendríamos citas más cercanas.
Hay unos versos de Góngora: “El sueño, autor de representaciones/ en su teatro, sobre el viento
armado,/ sombras suele vestir de bulto bello”.
Bulto quiere decir apariencia o rostro. Luego habría un pasaje análogo de Addison, un pasaje posterior, ya que Góngora corresponde al siglo XVII y Addison al siglo XVIII, en uno de los cuatro volúmenes del Spectator, El espectador, famosa revista de Addison, de Steele y otros; ahí, en un artículo referido a los sueños, cita ese autor latino que no recuerdo, y luego dice que cuando dormimos se enciende en nuestro cerebro un pequeño teatro y que, milagrosamente, inexplicablemente, somos los actores, el auditorio, el edificio –incluyendo la escena, naturalmente–, el autor y las palabras que se dicen, es decir, él recalca, lo mismo que Góngora, el carácter histriónico de los sueños.
El psicólogo Spieler, en su libro The mind of man, dice que los sueños corresponden a la forma más baja del pensamiento, a la forma más pobre del pensamiento.
Bueno, esto podría tener sentido si interpretamos que los sueños pueden corresponder a la mente primitiva, es decir, en los sueños nosotros no usamos razonamientos pero sí estamos, digamos, urdiendo fábulas, mitos, y el hecho de que sean disparatados no importa.
Podríamos decir, creo que no sería una exageración, que los sueños son la forma estética más antigua de todas, parece que los hombres siempre han soñado y, sin duda, en el caso de los salvajes, no se distinguen los sueños de la vigilia.
Los chicos tampoco distinguen bien los sueños de la vigilia.
Yo recuerdo, vivíamos en Adrogué entonces, yo vivía con mi hermana, con sus hijos, nos contaban sus sueños, todas las mañanas; en casa teníamos esa tradición, recuerdo que le pregunté a mi sobrino, que tendría seis o siete años, le pregunté qué había soñado, y él me dijo: “Yo soñé que me había perdido, que yo me había perdido en un bosque, y vi una casita de madera, entonces fui a la casita, la puerta se abrió y saliste vos”.
Luego interrumpió el relato para preguntarme: “¿Qué estabas haciendo en esa casita?”.
Es decir, él no hacía ninguna diferencia entre los sueños y la vigilia, y quizás esta anécdota ilustre más lo que Schopenhauer llamó “das traumhafte Wesen des Lebens”: el ambiente onírico de la vida, pero no sé si la palabra onírico es exacta, parece pedantesca, en cambio si yo digo traumhafte en alemán, o dreamlike en inglés, uso una palabra más parecida al lenguaje oral.
Desde luego, para el idealismo no hay una diferencia esencial entre vivir y soñar.
Creo que si eso se dice, digamos, de un modo abstracto, como lo dice Calderón en el título de su drama La vida es sueño, no nos impresiona; en cambio, si se dice de un modo indirecto, como en esa pequeña anécdota que yo me he permitido referir, “Qué estabas haciendo en esa casita”, ahí se siente la afinidad de la vida y el sueño.
Y yo tengo una mala costumbre, que ustedes conocen, pero no sé si es una mala costumbre, de citar siempre a Chuang Tzu, uno de los padres del taoísmo, cuya fecha corresponde a cinco siglos antes de la era cristiana, y recuerdo esta frase que me impresionó tanto cuando la leí por primera vez en un libroque fue comentado por Oscar Wilde, una versión de Chuang Tzu hecha por Herbert Allen Giles, después he leído otras hechas por un misionero escocés, Legge, y la de Wilhelm, la más conocida de todas.
Bueno, más o menos Chuang Tzu dice: “Chuang Tzu soñó que era una mariposa, y no sabía, al despertar, si era un hombre que había soñado ser una mariposa o si era una mariposa que ahora soñaba ser un hombre”
Yo querría detenerme acá un momento para señalar, digámoslo, el acierto de haber elegido una mariposa, porque si Chuang Tzu hubiera dicho: Chuang Tzu soñó que era un tigre y no sabía al despertar si era un tigre que había soñado ser un hombre, bueno, esto no habría dicho absolutamente nada; en cambio, parece que la mariposa conviene a lo frágil, a lo evanescente de los sueños, y él ha acertado plenamente.
Hay también un artículo muy lindo de Stevenson, “A Chapter of Dreams”, “Un capítulo sobre sueños”, y ahí él dice que solía soñar, él solía tener pesadillas.
Ustedes sin duda conocen bien la literatura, una literatura sobre pesadillas.
Yo lo he buscado en vano en el libro de Havelock Ellis, en otros libros hay referencias a los sueños, pero no se insiste en la pesadilla; la pesadilla, esa suerte de tigre en los sueños, me parece especialmente importante.
Coleridge dijo que en la vigilia los hechos producen las emociones –por ejemplo, si entrara un león aquí sentiríamos miedo, y, suponiendo que uno esté acostado, si sobre mi pecho se acuesta una esfinge, me quedo horrorizado–, pero que en los sueños ocurre lo contrario, es decir que las imágenes de los sueños no producen emociones, sino que las emociones engendran las imágenes, lo cual estaría de acuerdo con lo que yo dije hace un rato, que los sueños son, bueno, quizá la más antigua de las formas del arte, y los sueños se dan hasta entre los animales; recuerdo esa línea del poeta latino que dice “El perro ladra siguiendo los rastros de la liebre”, el perro que duerme.
Bueno, dice Stevenson que él solía tener pesadillas, todos las tenemos, y que había algo que le inspiraba un horror especial, que era cierto matiz del color pardo.
Ahora, que ese matiz del color pardo no le inspiraba horror en la vigilia, pero soñando sí, le inspiraba horror, y luego cuenta un sueño de él en el cual hay un altillo, un viejo gato, no, un perro, que está tendido, y luego el perro le guiña inexplicablemente un ojo, y él siente eso como terrible.
Stevenson cuenta también que él estaba durmiendo y gritó, que su mujer lo despertó y que él le dijo: me has despertado de una lindísima pesadilla; y él había soñado la escena central de Jekyll y Hyde.
Lo que él soñó fue el momento en el cual Jekyll toma la droga y se transforma en Hyde, es decir, en un ser hecho, no del bien y del mal como todos nosotros, sino de puro mal; él soñó eso, y, dice, lo demás tuve que inventarlo yo a mi pobre manera humana, pero el don nos fue dado por el sueño.
Y ahora vamos al tema de la pesadilla.
Es una lástima que en el idioma castellano la palabra sea tan fea, pesadilla, pero qué vamos a hacer, tenemos que sobrellevar el idioma; en cambio, en otros idiomas, por ejemplo en francés, cauchemar; en inglés, curiosamente, nightmare vendría a ser “yegua de la noche”.
Sin duda Victor Hugo conocía bien el inglés, a Victor Hugo le llamaba la atención esta hermosa palabra, “yegua de la noche” –Shakespeare habla de la yegua de la noche y de sus potrillos, que son nueve– y entonces él habla de la pesadilla en las Contemplations y la llama, sin duda pensando en la imagen que le dio el idioma inglés, la llama a la pesadilla le cheval noir de la nuit, el caballo negro de la noche.
Creo que, según los etimólogos ingleses, nightmare no significó originariamente yegua de la noche, creo que nightmare puede ser fábula de la noche, ya que la pesadilla es una ficción de las horas de la noche, o demonio de la noche.
En alemán tenemos la palabra Alp, que no tiene nada que ver con los Alpes, esa palabra quiere decir elfo, corresponde a un modo antiguo de decir elfo, es decir, todo esto equivaldría a la idea del demonio, del súcubo.
Y en griego la palabra es muy hermosa también, efialtes, que es el demonio que causa la pesadilla.
Se entiende que ese demonio se acuesta, oprime el vientre de quien está durmiendo y le da la pesadilla.
De modo que tendríamos una idea parecida: nightmare, Alp y efialtes, la idea de un demonio.
Esto me lleva a otra idea –pero es una pequeña aventura teológica, de la cual me voy a arrepentir enseguida–, a la idea de que hay algo en la pesadilla que no se da en la realidad.
Por ejemplo, a todos nosotros, sobre todo a quienes han cometido la imprudencia de cumplir 81 años, nos han sucedido cosas terribles.
Pero el sabor de lo terrible no es el sabor de la pesadilla, que es un sabor inconfundible, digamos como el sabor del café o el sabor del té, o ese otro sabor que vendría a ser el color amarillo.
Hay algo en la pesadilla que no corresponde a la realidad.
Entonces esos nombres tendrían razón, ya que, al decir efialtes o al decir Alp, nos referimos a un ser sobrenatural, a un demonio, de modo que la pesadilla, con ese sabor, que, como dijo Coleridge, no procede de las imágenes sino del sentimiento que invocan, ése vendría a ser el sabor del infierno, salvo que yo no creo en el infierno, pero en este momento vamos a aceptar eso.
Quiero decir que los sueños están hechos de memorias, la memoria desde luego incluye el olvido, quizá sea imposible sin olvidos o sin modificaciones, bueno, pues habría algo que se da en los sueños que no se da en la realidad, el sabor peculiar de la pesadilla.
Y aquí quiero mencionar un libro que me gusta mencionar, que recuerdo todos los días, La Divina Comedia de Dante.
Uno pensaría que el sabor de la pesadilla está sobre todo en los primeros cantos, en los cantos del Infierno; y sin embargo eso no ocurre, ya que el Infierno del Dante es un lugar en el que ocurren cosas atroces, donde ocurren torturas, por ejemplo, pero el sabor de la pesadilla sólo se encuentra en aquel canto, tranquilo, terriblemente tranquilo, donde él describe el nobile castello, el noble castillo donde están las grandes almas de la antigüedad, a quienes les está negada la visión de Dios, y también está el gran guerrero Saladino, y él se encuentra con Homero, con la espada en la mano, ahí está Virgilio, ahí está Lucano, ahí está Ovidio, ahí está Horacio, todos ellos viven en ese noble castillo y están desesperados, bueno, no pueden esperar nada, saben que no llegarán a Dios, y Dante los imagina en ese castillo silencioso, y creo que en ese canto, del nobile castello, ahí está la presencia de la pesadilla, el de un horror que no se da en los otros cantos, donde solamente hay hechos atroces pero no lo que yo llamo el sabor peculiar de la pesadilla, esa sensación que sólo se da en la pesadilla y no, aun cuando nos ocurran cosas atroces, en la vigilia.
Por Jorge Luis Borges