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Musicoterapia: la música nos escucha
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Por Alicia Topelberg
Extractado del trabajo “Entre dos orillas: musicoterapia y psicoanálisis”, presentado en el II Congreso Latinoamericano de Musicoterapia, julio de 2004

Así como, desde el psicoanálisis, el cuerpo dista mucho del cuerpo biológico, los sonidos producidos o escuchados en sesión entran en una lógica distinta, que no es la de la acústica, los armónicos o el aparato auditivo, sino que vibra en todo el cuerpo, y habla, en tanto creación posible, de una historia y una subjetividad.
El sonido da al discurso otro estatuto de sentido.
Y ése es el gran aporte de los musicoterapeutas a los psicoanalistas.
Se dice que la musa, la música, es hija de Eros.
Lo musical parece tener cierto poder de trasladarnos hacia otros lugares, otros sentimientos... pero esto no alcanza.
No es la música, ni son las buenas intenciones.
Para hablar de musicoterapia hace falta algo más.
Porque con nuestra praxis generamos mucho más de lo que nos damos cuenta.
Desmitificando: la música en sí no tiene poder; en nuestra praxis es una herramienta, no un fin en sí misma, no hacemos magia,
pese a que en muchas ocasiones, fascinemos a los miembros de la institución, profesionales y pacientes, con nuestro amplio bagaje de recursos... y esto nos juega en contra.
Es mucho más difícil desprenderse de la técnica, para mirar más allá de ésta, cuando, a partir de nuestro accionar concreto, constatamos la facilitación en el establecimiento de vínculos y en el acceso a lo simbólico allí donde la palabra falla o se muestra insuficiente.
Abrimos un espacio, propiciamos una escena de juego, creatividad y posible metaforización, tendiendo a lograr cambios en el posicionamiento subjetivo a través de la asociación y articulación de un discurso que incluye sonidos, música, movimiento, y no desdeña la palabra.
Como si se tratara de un ostinato que sostiene la improvisación, como terapeutas sostenemos un encuadre que posibilitará el despliegue de fantasías que podrán ser abordadas en esa escena, similar al mito, para ser resignificadas y entramadas en una nueva red.
La eficacia terapéutica no está en la música en sí, sino en el proceso creativo en transferencia, en su elaboración y análisis.
Crear es siempre transgredir.
El acto creador es ruptura, es subvertir un orden y es una oportunidad de reordenar las piezas posicionándose en otro lugar.
Propiciando la investidura de objetos, permitimos a nuestros pacientes animarse a tomar contacto con contenidos reprimidos, muy temidos, con los que, fuera del dispositivo, desbordaría su angustia.
A diferencia de la posición de Melanie Klein, en la cual la obra llenaría un vacío, según Lacan la sublimación reproduce indefinidamente esa falta, la bordea.
Esto implica la repetición, la reelaboración de esa falta que nos lleva al límite de la obra, hasta el lugar donde cada uno se anime.
No siempre lo armonioso es más sano.
Es preferible a veces una disonancia que despierte; generar una incomodidad que nos lleve a buscar otra posición, a preguntar.
Esto puede enlazarse con la idea de sintomatizar, de hacer egodistónico cierto rasgo de carácter, lo cual es condición sine qua non para un intento de cambio.
Crear es subvertir un orden; por lo tanto implica crisis, por el compromiso subjetivo que conlleva esta transgresión de animarse con los deseos.
La música comienza cuando trasciende la partitura, cuando se abre a la interpretación.
Y, cuando la música da en la tecla de nuestros sentimientos, habla de nosotros; la música nos escucha a nosotros.
Ser habitado por lo musical es tocar ese enigmático punto en el que el mensaje del otro se convierte en nuestra propia palabra.
Las notas del otro resuenan como si fuesen mías, como si hubieran podido ser mías.
Sabemos, con Didier Anzieu, que la envoltura sonora, que dispara la primer matriz de diferenciación entre lo interno y lo externo, es previa al estadio del espejo.
Antes de hablar, cantamos.
Lo primero que nos llega de la lengua materna es su musicalidad, los tonos de voz.
Así, la musicoterapia puede constituirse en un dispositivo que habilite un discurso.
Si existe una función de musicoterapeuta, no se define por la técnica sino por una posición.