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En los tiempos del hombre desechable
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Por José L. Slimobich
Psicoanalista, Director de Analytica Buenos Aires, Sociedad del Psicoanálisis en la Cultura.
Fragmento de un texto publicado en la revista Letrahora, Nº 3.

Estos no son los tiempos del temor.
Son los tiempos del terror. Negados, siempre negados, haciendo lo posible, aparentando “la normalidad”
Pero no queremos callar: cacerolazo, grito, firmas contra la guerra, e-mails, no cejar, insistir.
Pero esto no es ni posición épica ni agitativa en vano.
Pues mirar de frente lo imposible de modificar es totalmente diferente de negarlo.
Y ya veremos que esta diferencia es más profunda de lo que parece y que tiene innumerables consecuencias teóricas y prácticas.
El discurso capitalista es el discurso de “el tiempo”, pura actualidad, eterno presente sin futuro ni historia.
Este es el tiempo del odio y del terror.
El tiempo del rechazo, verwerfung, del amor.
No amor y por lo tanto, nada existe como deseo.
El hombre sólo es planteado por ese discurso como desecho y desechable.
Estábamos equivocados.
Junto a la teoría (leímos mal), presentábamos al hombre como ser del lenguaje, efecto del lenguaje que lo preexistía, lenguaje donde se inscribía el viviente.
Estábamos equivocados.
El hombre sólo conoce el lenguaje como instrumento y herramienta.
Sólo adquiere el lenguaje en tanto le permite el dominio de su imagen, es decir el dominio del otro.
No aspira a otra cosa que usufructuar del otro al máximo posible, entregando el mínimo.
Depredador por excelencia, sólo respeta a los suyos mientras tanto, pues necesita sus refugios y justificaciones.
Todo lo que el hombre ha pensado y realizado no es más que esta dialéctica de hierro: o triunfar sobre los otros o defenderse de los otros.
Por lo tanto, la teoría de la guerra abarca todos los escenarios.
Sin embargo, puede objetarse, también hay en el hombre arte y sublimación, caridad y cuidado.
El hombre puede sacrificarse por causas e ideales, puede hacerlo por otras personas.
¿Cómo se incluye esto dentro de su capacidad animal?
Otras especies también lo hacen.
Excepto el arte.
Y así entrevemos una salida: lo que el arte nos enseña.
Ante todo, hacer con el vacío que nos habita otra cosa que el relleno de la crueldad.
Reconocemos, desde Auschwitz, que el arte no basta para comprender el designio humano de destrucción.
Pero escuchemos a los poetas:
“Que ya no sueño. Pues los míos no son sueños, son sólo explicaciones pedantes y laboriosas, réplicas sosas y ociosas de mis pocas acciones. Y los sonidos amplios y lejanos no abren la mañana,
diversidad del afuera, son tan sólo el espanto del día y de los ruidos.”
Esto es lo que dice Patrizia Cavalli (Antología de la poesía italiana contemporánea, ed. Tusquets).
Pero, entonces, ¿qué era aquello del sujeto y la dimensión del lenguaje en el hombre? El lenguaje que se efectúa en las palabras que parlotea el humanbobo, el humanidiota.
Y en esto encontramos el sujeto del inconsciente.
El inconsciente es los efectos que ejerce la palabra sobre el sujeto, es la dimensión donde el sujeto se determina en el desarrollo de los efectos de la palabra.
Así lo señaló Jacques Lacan en su Seminario 11.
Pero escuchemos.
“Un torrente se precipita en mí, de antiguos hombres y mujeres cuya sangre ha venido a ser la mía. Ha empujado hasta aquí sus oleadas. Distingo tan sólo las últimas: mis padres, una abuela hermosísima y ardiente. Más atrás, no puedo remontarme, pero el estruendo de innumerables vidas ignoradas me atraviesa confuso: oigo las risas y el llanto, voces imperiosas o suplicantes en luchas y abandonos. Yo he nacido de todo eso y lo guardo en mí, aumentado por mi tímido arranque en el tramo que me fue otorgado.”
Así nos muestra el sujeto Margherita Guidacci (ibíd)
El inconsciente es la voz de nadie, las trazas de los antepasados, las lenguas múltiples que me atraviesan y me hacen.
El sujeto del inconsciente es transindividual, pero allí se juega lo singular.
El nombre del sujeto de la contemporaneidad es el terror.
Terror a quedar fuera del sistema económico, quedar sin trabajo, marginado, aislado más que solo (la mayoría de las personas ya están solas)
Terror a confiar (lo que lleva exactamente a medir lo que se recibe y lo que se da)
Y en medio de esto, que es del orden de lo real, se alzan y se escuchan las innumerables “pequeñas voces”, para no quedar sometidos al sujeto del terror, para enfrentar con lucidez lo que parece inevitable.
Y para celebrar cada frase, cada abrazo, cada acto donde el hombre acuerda con su esencia de un lenguaje que no es ni herramienta ni extensión.
La cultura está enferma; y el discurso analítico, en su alianza con el poema, no debe cejar en abordar este terror que nos ciega y paraliza.