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El adiós a Fontanarrosa
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Se me murió un amigo
Por Miguel Rep - Diario Página 12

Si no hubiera sido mi amigo, hubiera dicho que se me murió un genio del humor, que en mi formación, al principio, fue muy importante. El Negro tenía un humor muy festivo y
muy popular. Pero la verdad es que después fue mi amigo y ahí me di cuenta de su calidad como persona, su simpleza y su falta de pretensiones. Actuaba como un hombre común, pero no lo era para nada, por supuesto.
Simples las hizo todas. Excepto esa enfermedad, todo fue simple en su vida. Al principio de su carrera, era un dibujante realmente innovador. Lo considero de la generación de Satiricón y los que se destacaban realmente en esa generación eran él y Crist. Los dos realmente eran muy fuertes, quizá más fuertes en el dibujo que en el humor. A partir de ahí, Crist empezó a ser cada vez más fuerte en el dibujo y el Negro cada vez menos fuerte en el dibujo y más fuerte en el humor. Fue abandonando cada vez más el dibujo para dedicarse a la literatura, para dedicarse más que nada al contenido, a los textos, a los guiones y usando el dibujo como algo funcional. Pero al principio era un dibujo muy innovador, tanto lo que mostraba en Satiricón como en Hortensia. Luego, con su trayectoria, nos damos cuenta de que los humoristas que realmente valen, valen por el contenido más que por el dibujo. Son los que pasan a la historia, son los que dejan una huella, son los que calan profundamente en las vanguardias o en lo popular. En el caso del Negro, al principio, tenía un dibujo muy vanguardista, pero después caló en lo popular y hoy estamos llorando la muerte de un creador popular. Sólo hay un antecedente de ese tipo en el humor gráfico de la Argentina. Ese fue Divito, con situaciones muy parecidas: una personalidad fuerte, mediático, con creaciones muy populares.
Y con un lugar muy fuerte: en el caso de Divito, Buenos Aires, y en el caso del Negro, Rosario. Como escritor era excelente. Menos mal que dejó escrituras, porque los dibujos casi siempre se evaporan con el aire de los diarios; en cambio, los libritos los podemos volver a leer y a leer.
Estoy triste. Se me murió un amigo.

¿Por qué se fue así él, que nos hizo reír tanto?
por Maitena - Humorista gráfica.

Estoy enojada y triste. La muerte del Negro me hace acordar de lo injusto que nos pareció su enfermedad cuando nos enteramos. Alguien que dio tanta felicidad, ¿por qué se tenía que ir así? ¿Por qué tenía que sufrir tanto? Para mí, como dibujante fue el mejor; súper expresivo, contundente, seguro. Lo del Negro era atrevimiento, era un atrevido visceral y eso se veía en las caras de desesperación de sus personajes, en cómo estaban parados. Tenía una gracia inmensa: había un mundo Fontanarrosa, eran los hinchas de él, las viejas de él, los perros de él. Con él perdemos ese mundo maravilloso.
Siempre me llamó la atención la facilidad con la que decía barbaridades. Hacía chistes machistas muy graciosos. Se le perdonaba todo. Era irreverente pero con gracia, cero grosero. Cuando empecé a dibujar le afané de todo al Negro. Le robé la tipografía: Mujeres Alteradas lleva la helvética minúscula que usaba él. Le robé la manera de resolver los globos, la mirada de los personajes, esa forma de poner el puntito de la mirada en el ojo.
Yo quería eso, que mis personajes estuvieran vivos como los del Negro. Que se parecieran a la gente como los de él. Después mirabas y no se parecían a la gente, pero tenían su alma, eso. Aunque el tipo del dibujito fuera rarísimo tenía el alma de alguien que conocías. Pero es más: el Negro era un maestro en todo: en cómo siguió viviendo siempre donde estaban sus afectos, sus amigos, donde tenía la vida que le gustaba, es decir una vida sencilla y chiquita. Eso de vivir en un pequeño mundo, de irme lejos y dedicarme al laburo muchas veces pienso que fue un ejemplo de él.
En un mundo tan competitivo el Negro era un tipo muy generoso, no necesitaba que les fuera mal a los demás para sentir que él brillaba más. También fue un gran escritor, y aunque fue reconocido, creo que su obra literaria siempre quedó opacada por su popularidad como humorista gráfico.
Es injusto que haya muerto así, de una manera tan dolorosa y tan triste, con todo lo que nos hizo reír.

De la historieta a los cuentos y novelas
Publicó su primer volumen de historietas en 1972. Desde entonces su obra acumuló más de medio centenar de títulos.
por Ezequiel Martínez

Hace algunos años le preguntaron a Fontanarrosa qué ponía en los formularios cada vez que tenía que llenar el casillero de "profesión". Novelista, dibujante, humorista, narrador, periodista... Con más de una opción en la punta del lápiz, él mismo se planteaba esa duda. Entonces el Negro contó que estando en un aeropuerto con Quino, le consultó al maestro cómo zanjaba él la insuficiencia de aquel casillero en blanco que los apuraba desde el formulario de migraciones. "No sé, siempre improviso y pongo algo distinto", le confesó el papá de Mafalda.
"No me interesa demasiado la definición que se haga de mí. Yo me doy por muy bien pagado cuando alguien se me acerca y me dice: me cagué de risa con tu libro": así resumía Fontanarrosa su filosofía sobre el tema. Los libros que publicó —más de medio centenar de títulos— dan cuenta de su perfil de creador multifacético, polifónico, imposible de ceñir a un solo rubro: novelas, cuentos, historietas, crónicas y hasta ediciones especiales —como las ilustraciones que hizo para el Martín Fierro—, son el inventario de una bibliografía que desde hace rato entró en la categoría de clásico del humor más ingenioso y potente.

Debe estar a la mesa con Arlt, Chejov y Hemingway
por Elvio E. Gandolfo - Escritor.

Una vez estuvimos en un centro cultural de la calle Florida compartiendo una mesa con Juan Martini en la presentación de uno de sus libros, y lo re-gastamos, con gran placer de los tres, y del público. Otra vez fue a Montevideo a ver una versión de Inodoro con títeres; era en invierno y el cruel frío brutal de la ciudad, cuando hay viento y llovizna, lo dejó total y absolutamente afónico. Si no me equivoco, nunca volvió.
Una tercera, llovía tanto en Rosario que todo el mundo se había quedado
encerrado en la estación de ómnibus Mariano Moreno, como si fuera aquella película de Buñuel. Me habló de su pibe y yo de mi piba. Estaba embaladísimo porque, dedicado a la guitarra (o el bajo, no recuerdo bien), el pibe había recibido el apoyo total de la familia de los Fattoruso de Montevideo.
Para quien a veces narra, como yo, Fontanarrosa es una consultoría mental importante (lo mismo le ha pasado alguna vez a Fogwill). Debe de haber escrito unos 300 cuentos. Resolvió problemas técnicos sutiles de estilo y emoción como pocos. De esa cantidad, cuando uno enhebra los cuentos excepcionales y los excelentes, son tantos que no tiene equivalente en ningún autor argentino de textos cortos, salvo Borges. Eso es prepotencia de trabajo y talento a lo Arlt.
Sus personajes de historieta y su humor ya están metidos en el código genético de muchísimos argentinos, y es hereditario. Creo que la importancia de la parte literaria irá creciendo en cambio cada vez más con el tiempo. Incluso en países como Estados Unidos les ha llevado un siglo reconocer como corresponde a determinada gente: Poe, Melville, Twain, Lovecraft.
Ahora se hizo realidad literal lo que puse una vez en una contratapa: cuando escribía, Fontanarrosa se instalaba en una Mesa de Galanes intemporal donde charlan Roberto Arlt, Hemingway, Mark Twain o Chejov. Ese cuarteto se debe estar divirtiendo mucho en este momento.
La imposibilidad de volver a cruzarse con él es insoportable. Así que del vacío humano que deja, mejor ni hablar.

La más entrañable parodia de dos géneros literarios

Inodoro Pereyra y Boogie el Aceitoso son los protagonistas de las dos historias gráficas más populares de Fontanarrosa. Inodoro es ya emblema nacional.
por Jorge Aulicino

En 1972, en la revista cordobesa Hortensia, nacen los dos personajes centrales de las historias gráficas de Fontanarrosa. El gaucho Inodoro Pereyra y el killer Boogie, el Aceitoso. Son dos referencias a su vez a géneros centrales de las literaturas argentina y estadounidense: la gauchesca y el policial duro.
La historieta de Inodoro será con el tiempo la de mayor peso (no sólo debido a la proverbial gordura de la mujer del protagonista, Eulogia Tapia), o al menos la más popular. Para decirlo también derecho: la mejor. Boogie hizo y hará reír con su violencia obscena.
En Inodoro, en cambio, todos y cada uno de los tópicos de las historias rurales, los tics, el habla, han sido entrañablemente parodiados. Entrañablemente sí, porque la burla es a tal punto cariñosa y cálida que se termina por amar a Inodoro, sus desopilantes encuentros con los loros barranqueros, con el malón y con raros personajes perdidos en el desierto. Los retruécanos en el diálogo con el perro Mendieta, proporcionan un deleite inigualable; las bravuconadas machistas, el grito de la raza de Inodoro, una hilaridad permanente.
De este modo, también uno se ríe, más que del lenguaje criollo, de las exageraciones en la poesía "de raíz folclórica" escrita durante los años en que nació el irredento habitante del último rancho de adobe de la pampa húmeda. A cada rato aparecen en el texto palabras del léxico de los autores del Nuevo Cancionero, cuya pluma destacada fue Armando Tejada Gómez. Telúrica, gredosa, mineral: violencias, casi exabruptos, de una retórica rural revolucionaria.
La mascota Mendieta, un cristiano atrapado en el cuerpo de un cuzco de mala muerte, es tan popular en la Argentina que tal vez compita con éxito con el pato Donald y la muñeca Barbie. Ese fue un efecto lateral del humor honesto y cordial de Fontanarrosa.
Pero el infinito juego de matices de su parodia de verdad cala en la historia y sobre todo en la literatura criolla. Sus efectos apuntan a las aristas de una épica, para limarla. Prueba de que toda su potencia viene y va desde y hacia lo literario es que Fontanarrosa juró que el tiempo que pasó en el campo durante su vida no suma más de cuatro horas.

Las virtudes artísticas de un maestro
por Fernando Sendra - Humorista Gráfico.

Como humorista gráfico, Fontanarrosa era un referente ineludible porque era un tipo genial. Tenía una excelente redacción, un excelente dibujo creativo y además una preocupación por el trabajo. Pero además tenía un gran sentido del humor. A veces uno se encuentra con alguna persona con gran sentido del humor pero sin un buen dibujo. O alguien con un gran dibujo, pero con más veleidades artísticas que humorísticas. Y en el caso de él, se daban todos estos aspectos en una sola persona. Eso no es frecuente.
Roberto tenía un humor intelectual en su concepción, pero muy llano en su resolución. Atravesaba todas las capas culturales, porque tenía la capacidad de conectarse tanto con el futbolero como con la persona que había leído a Franz Kafka.
Su humor fue muy importante para mí, sobre todo en el dibujo. Me formé en Bellas Artes y en aquel tiempo tenía la sensación de que pasar a la gráfica era simple. Pero me equivoqué: era muy difícil. Yo venía con una mecánica de análisis y en la gráfica se trabajaba la síntesis. Entonces me encuentro con Fontanarrosa, que era un artista que manejaba una especie de nexo entre lo que podía ser la plástica y la gráfica.
Si hablamos sobre sus personajes más importantes tenemos que hablar de Inodoro Pereyra y Boogie "el Aceitoso". Me gustaba más la forma en que resolvía Inodoro. Boogie era una historieta con un argumento que terminaba de una forma extraña, más o menos graciosa, pero en Inodoro, él ponía más energía y cada cuadrito era un chiste. A veces, incluso, un chiste autorreferencial, como cuando decía "Negociemos, Don Inodoro". Ahora, uno piensa sólo en esa frase de Mendieta, pero cuando él empezó, estas cosas eran las que decía la Juventud Peronista de aquella época. Era la negociación política. Frases como "Mal pero acostrumbao" o "Quelo parió" son pequeñas muletillas que él fue generando, y que ya forman parte del habla cotidiana.

No se puede separar a Rosario de Fontanarrosa
Allí creó sus personajes, se apasionó por Rosario Central, cultivó entrañables amistades, amó a los suyos y era tratado con admiración pero sin pompa.
por Mauro Aguilar

Rosario, con sus límites imperfectos, logró cobijarlo desde siempre. La familia, sus amigos, el café, las fachadas conocidas. Y Rosario Central, claro, el amor incondicional plasmado en azul y amarillo se convirtieron en parte su mundo. Citas impostergables a las que acudió sin renunciamientos. Incluso hasta la noche anterior a su muerte, cuando en su departamento compartió una cita con sus más cercanos confidentes, muchos de los habituales integrantes estables de la Mesa de los Galanes, donde el miércoles abordó el ritual de las charlas vinculadas con el fútbol.
Sus íntimos, aquellos que lo conocen desde que vestía con pantalones cortos, recuerdan que cada vez que al Negro le preguntaban cómo no abandonaba Rosario, él retrucaba con un argumento sencillo: "Tiene lindas minas y buen fútbol. ¿Qué más puede pretender un intelectual? Hecho que, por otra parte, no es demasiado curioso. Un millón doscientas mil personas han tomado la misma determinación".
El personaje era amado aquí, pero establecía con la gente una relación particular. Jamás fue asediado. Podía caminar cruzado apenas por el afecto ocasional de todos, aun entre los leprosos de Newell''s, los primos a los que azuzó desde sus cuentos, siempre con altura, lejos de cualquier atisbo agresivo. Ahora, ante el avance desenfrenado de edificios y emprendimientos comerciales, ante el desarrollo implacable de la urbe, Fontanarrosa advertía con preocupación que la ciudad estaba perdiendo ese sello, ese gusto a barrio que tanto amaba. "En definitiva, Rosario es como una Buenos Aires más chica, afortunadamente más chica y con muchos menos habitantes", definía hace tiempo.
El Negro decidió quedarse. Siempre. Lejos de arrepentirse de su decisión, desde su estudio del barrio Alberdi, un lugar rodeado de plantas y pájaros, con una frondosa biblioteca, logró trascender con sus dibujos hasta imponer su marca en el mundo. Los carteles con su rostro, mucho antes de que llegara la enfermedad y los homenajes en continuado, lo marcaban como uno de los personajes característicos del lugar. De ésos que generaban orgullo. Junto a él, se observaba a otro Negro, Olmedo, a Niní Marshall o a Fito Páez. Un seleccionado rosarigasino.
En la calle José C. Paz, en la zona norte, trabajó durante años, hasta que la enfermedad le impidió gambetear los desniveles de aquella propiedad, a la que abandonó con dolor en agosto pasado. Allí trabajaba descalzo, lejos de todo contacto humano. Era uno de sus lugares preferidos. "Donde trabajaba no entraba nadie. Era para que no se contaminara el atrio", recuerda Alberto Mirtuono, quien oficiaba de representante desde su adolescencia.
El encuentro con amigos quedará como una de las postales más nítidas de su vida en la ciudad. El Negro se encargó de colocarle al grupo el rótulo pomposo de "Galanes". Los comienzos de aquellos encuentros se remontan a
principios de los setenta, con un grupo cambiante. Por sus mesas pasaron Ricardo Negro Centurión, Belmondo, Chelo Molina, Chiquito Martorel, Colorado Vázquez, Guillermo Turco Jaraj, el Peruano, Pedro Jáuregui y el Zorro. Se trataba de un recreo, un momento para hablar "al pedo", según su propia definición. Ni siquiera el cierre de El Cairo los detuvo. Con el Negro como principal abanderado, comenzaron una recorrida por distintos puntos de la ciudad. Primero fue La Sede. Luego, volvieron a El Cairo tras la reapertura.
Con los achaques se modificó el destino de aquella reunión. Metrópoli, debajo de su departamento, fue el último refugio de los "Galanes", antes de que se tomara la decisión de reunirse en la propia morada del humorista. Anoche, una mesa vacía, apenas con un pocillo, descansaba junto a un atril en el que se observaba una pintura con el rostro sonriente del Negro. Un homenaje silente e impostergable. Central, su club, la camiseta a bastones amarillos y azules, se convirtieron en otra referencia inevitable. Siempre lo volcó en sus cuentos. Y en 2006 se dio el gran gusto de imponerle su sello a la casaca amada: allí marcó los trazos de una de sus últimas creaciones, el hincha desaforado al que denominó "Canaya". El lo interpretó como una manera de homenajear al club. La institución, los hinchas, los jugadores, el tipo común, conocían la verdad que la humildad del escritor no se permitía comentar: todo era un rotundo homenaje para él.
A pesar de su enfermedad, hace pocos meses volvió al Gigante de Arroyito. Le tiraba el juego, esa comunión con el equipo al que vio por primera vez en 1954, ante Tigre, a los 10 años. En su página web dice que en caso de tener que ponerle música de fondo a su vida, lo hubiese hecho con la transmisión de los partidos de fútbol. "¿Pasión por el fútbol? No, él tenía pasión por Central", apunta el Negro Centurión. Y en Rosario, claro, estaban también sus afectos: mamá Rosa, su hermana Perla, Franco, hijo y músico con clase, y Gaby, su compañera de los últimos años.
En Rosario tenía todo lo que quería. Sus autoridades, luego de que fuera reconocido por sus pares en Cartagena de Indias, lo distinguieron con la denominación de "escriba" de la ciudad. En las calles lo recibieron como si se tratara de una celebridad. "Esto se emparenta con aquellos recibimientos a Nicolino Locche cuando lo paseaban por la ciudad en una autobomba", comparó con su mirada filosa y burlona.
Como no podía ser de otra manera, aquí, en el III Congreso de la Lengua, rodeado de escritores afamados, tuvo una de sus exposiciones más recordadas. Allí habló de las malas palabras. Allí, en medio de tanta pompa, se mostró tal cual era: sencillo, ingenioso, directo, hilarante. Así lo recordaban ayer en Rosario. Un lugar al que jamás renunció.

Qué lástima, Fontanarrosa
Por Eduardo Fabregat - Diario Página 12

De las decenas de cuentos, viñetas, historietas, situaciones gráficas fijadas para siempre en mi memoria, hay una frase que, por esas cuestiones del capricho mental, me vuelve cíclicamente a la sesera: ¡Qué lástima, Cattamaranzio! Ya ni recuerdo cuál de los tantos y gozosos libros de Fontanarrosa contiene ese relato, una de muchas perlas del tipo que cruzaba fútbol y literatura como pocos. Allí, un relator con todos los lugares comunes del oficio iba dando cuenta de un partido en que el torpe delantero Cattamaranzio se morfaba un gol detrás de otro. Pero el Negro, tan hábil para mixturar lo inesperado del fútbol con lo inesperado de la narración, iba colando en ese relato futbolístico primero la sospecha y luego la convicción de un desastre nuclear a escala global. Al final, el relator advertía que “el cielo se ha puesto de una extraña tonalidad verde”, para despreocuparse de inmediato y concentrarse, inmutable ante el desastre humano, concentrado en el desastre futbolístico, en la enésima aproximación de Cattamaranzio al área rival.
Nunca escuché a ese relator, pero desde entonces, cada vez que un partido de fútbol delata el traspié de un número 9, la voz me rebota en la cabeza. Por extensión, la frase sirve de comodín a las situaciones más disímiles, a perder el colectivo, a que no aparezca la foto que necesitamos para una página, a la pérdida de algún objeto, incluso a la frase cachadora para el amigo hincha de un equipo en desgracia: ¡Qué lástima, Cattamaranzio! Para un periodista, para todos los que en esta tarde triste nos abocamos a la tarea de dar esta noticia de mierda, es casi imposible honrar la objetividad que marca la profesión. Todos hemos leído sus cuentos, sus fabulosas tres novelas (¿cómo olvidar el partido de fútbol de El área 18, a la protagonista de La gansada con su bolsa de papel en la cabeza, las andanzas de Best Seller?); todos hemos seguido a Boogie y al Inodoro, Eulogia y Mendieta, y en el contacto con su obra desarrollamos un enorme cariño que iba más allá de si lo conocíamos personalmente o no. Eso que pasa con los tipos que dejan huella de verdad. Eso que hace que, frente a la noticia, no pueda evitar la frase de Cattamaranzio y me sienta instantáneamente un pelotudo por semejante trivialidad ante la muerte. Y después, pensándolo con menos saña, me tranquilice pensando que, al cabo, no está mal como pequeño homenaje personal.
Qué lástima, Fontanarrosa.

Nos quedamos solos

por Marcelo Birmajer - Escritor

Los argentinos nos hemos quedado muy solos. Pasara lo que pasara en este país, uno sabía que amanecía con Fontanarrosa. En el medio de las peores crisis, de todos modos se podía leer un chiste de Fontanarrosa. O leer uno de sus cuentos. O releer algunos de sus clásicos. Por muy deprimente que fuera un domingo, se lo podía sobrevivir con Inodoro Pereyra. Los habitantes de este país fuimos bendecidos durante cuarenta años por un recurso natural inagotable: el talento de Fontanarrosa. Hacía todo bien: desde sus hilarantes novelas hasta la ternura de sus loros, desde ese perro increíble (el único perro que yo he querido en mi vida, Mendieta), hasta el cinismo genial de Boogie.
¿Qué vamos a hacer ahora? ¿A dónde tenemos
que ir a vivir para que nos siga acompañando todos los días? Podía transformar cualquier cosa en humor, y poseía la alquimia para convertir las malas palabras en un recurso literario. Su discurso de clausura del Congreso de la Lengua fue una extraña perla, mezcla de stand comedy y clase magistral. Stand comedy es el primer término que se me viene a la cabeza para aquel encantador y perdurable monólogo, pero no es del todo acertado. Porque no se parecía a ningún cómico americano ni a ningún cómico en particular. Estaba al altura de cualquier talento mundial, pero su humor era netamente argentino. Los artistas nativos lo querían para todo: para actuar sus cuentos, para cantar sus historietas, para llevar sus novelas al cine, o simplemente para pedirle un consejo. Sé de buena fuente que no retaceaba nada. No sólo era un ejemplo de artista, sino de persona. No hay otro que haya combinado semejante talento con semejante humildad. Y a esta virtud tan infrecuente debemos agregarle la generosidad.
Lo vi varias veces y nunca pude evitar expresarle mi admiración. Supongo que fui uno más de los plomos con los que tanto nos hacía reír en sus cuentos. Su obra ya es parte de nuestra historia y de nuestro futuro.
Que Dios guarde para siempre su alma, una de las más hermosas que ha dado este país.