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Por Rodolfo Edwards

Emiliano Bustos, el hijo del poeta Miguel Angel Bustos, desaparecido en el otoño de 1976, recopiló durante largos años artículos periodísticos y prosa dispersa de su padre que, si bien circularon en su momento a través de prestigiosas y difundidas revistas culturales, con los años se fueron disolviendo en las nieblas del olvido.
“Cuando secuestraron a mi padre, nuestra casa fue ‘dada vuelta’ en la supuesta búsqueda de rastros ‘subversivos’.
Hasta donde sé sus papeles –fundamentalmente los literarios– pudieron, posteriormente, ser ordenados por mi madre, Iris Alba; recuperaron en parte, gracias a ella, la fisonomía que Bustos les había dado.
Asimismo, quedaron también en nuestra casa –durante años– diarios y revistas, material de época que contribuyó, durante mucho tiempo, a crear ese microclima que en realidad gestó una preservación”, dice Emiliano en el minucioso prólogo que redactó para la edición de Miguel Angel Bustos.
Prosa 1960-1976, publicado recientemente por el Centro
Cultural de la Cooperación Floreal Gorini. En el período en que Miguel Angel Bustos escribió sus artículos periodísticos, da la sensación de que una gigantesca nube se posó sobre la época, emitiendo claroscuros, rimando con la promesa de un cielo a punto de abrirse y también con el ojo de la tormenta, una nube que reflejaba los rayos del sol pero que en su hinchazón enigmática también cargaba electricidades y desencuentros.
Leer hoy las reseñas bibliográficas, las entrevistas y los ensayos de Bustos puede despertar añoranza y nostalgia de un tiempo que, a pesar de sus complejidades, lucía más sano y vital como esos chicos traviesos que se aparecen tarde por la casa, con las rodillas sucias y algún chichón en la cabeza pero rezumando una salud universal.
¿Cómo no conmoverse con el tono de las notas de Bustos? La ausencia de cinismo, el compromiso apasionado con sus lecturas, una prosa musical y elocuente que configura un sistema que armonizaba su deslumbramiento por las culturas indígenas de América con la devoción por los periplos alucinados del Conde de Lautréamont, el mundo de Henry James o la poesía de su admirado Friedrich Hölderlin.
Refiriéndose al antropólogo francés Marcel Mauss en una nota para Panorama Bustos expresó su opinión acerca del tipo de intelectual que le interesaba: “Mauss fue, por su ambición humanista y aspiración de saber enciclopédico, uno de esos pocos ejemplares de sabio que no hace de su disciplina un gabinete cerrado a las demás fuentes del conocimiento, o que únicamente se permite ampliar sus estudios con aquellas ramas paralelas a las de su especialidad”.
A la luz del presente, aquellos buenos apetitos, esa tremenda vocación por los excesos (de libros, de oficios, de ambientes, de ideas) puede resultar repulsiva e incluso ingenua y romántica. A través de su poesía, de su pintura, de su militancia cultural y política se deduce cabalmente la figura de un profundo humanista.
El prólogo de Emiliano Bustos no sólo representa un tributo a su padre y una vindicación de su obra, testimonia además, muy detalladamente, el estado de las publicaciones culturales argentinas en los albores de la conflictiva y tumultuosa década del ’70; una jugosa cantidad de datos sobre personajes de la época nos devela entramados y operaciones dentro del campo político e intelectual de ese momento: “Siete Días era una revista de interés cultural y la publicación estrella de Editorial Abril, la empresa familiar fundada y dirigida por César Civita (1905-2005) cuyo proyecto fue prácticamente destruido hacia mediados de los ’70.
El italiano se había radicado en la Argentina en los ’40, produciendo historietas (trajo al país a autores como Hugo Pratt, Mario Faustinelli y Alberto Ongaro, a los que se incorporaron los locales Alberto Breccia y Héctor Oesterheld) y fundando, entre otras publicaciones, Corsa, Parabrisas, Claudia, Adán, Panorama, además de Siete Días. El proyecto de Abril era amplio y difería, por ejemplo, del de Atlántida”.
La mayoría de las notas incluidas en el libro fueron publicadas por Bustos en la revista Panorama; también hay registro de sus colaboraciones en Siete Días, La Opinión y El Cronista Comercial. Panorama, revista surgida en 1963, fue dirigida, durante un tiempo, por Tomás Eloy Martínez y contaba con una larga lista de notables colaboradores entre los que se contaban Juan Gelman, Rodolfo Walsh, Quino, Susana Pirí Lugones, Edgardo Cozarinsky, Ernesto Schóó, Osvaldo Soriano, Eduardo Belgrano Rawson entre muchos otros. En líneas generales continuaba el estilo de Primera Plana que apareció tiempo antes revolucionando el lenguaje periodístico bajo la capitanía de Jacobo Timerman.
Con respecto al tratamiento que se le dio a su padre en las memoriales oficiales, Emiliano Bustos aclara: “La operación reparadora de la memoria en muchos casos no avanzó o avanzó poco hacia su poesía, al no encontrar en ella –en líneas generales– rastros claramente políticos o de época y, por lo tanto, dicha operación quedó pivoteando, en muchas oportunidades, en su caso nominal de desaparecido. Este proceso generó, si se quiere –e involuntariamente– una suerte de doble vacío: el del escritor desaparecido, reivindicable pero básicamente en el terreno de su condición, no en el de su obra”. Al no haber una concordancia mecánica entre la palabra poética y sus elecciones políticas, a Bustos, o a Paco Urondo, se los veía como “leones de dos mundos”, divididos entre la literatura y la militancia, vistos como dos órdenes irreconciliables. El clima de la generación del ’60 favorecía estas interpretaciones y prejuicios que ayudaron a menospreciar la obra de muchos autores de esa etapa, acusándolos de facilistas o panfletarios. Bustos también escribió panfletos, como aquel poema Sangre de agosto, dedicado a los fusilados en Trelew: “Puede la nieve cubrir la tierra por un siglo/ trazar el frío un jardín de flores azules en el hielo/ mientras el desierto soporta la hambrienta luz del cielo blanco” (un panfleto escrito por un gran poeta sigue manteniendo su condición de poema, siempre). Con el correr de los años, el malditismo que muchas veces se le ha endilgado a Bustos lo condenó a un cono de sombras donde sólo se lo reconocía por su herética poesía y se obturaban todas las otras acciones (la plástica, el periodismo, las traducciones) que practicó en el medio cultural porteño de ese tiempo.
Además de todo lo señalado, Miguel Angel Bustos. Prosa 1960-1976 también nos ofrece un panorama de aspectos íntimos de Bustos: su amistad con Leopoldo Marechal (se reproduce el prólogo que escribiera para su libro de poemas Visión de los hijos del mal), las caminatas por la ciudad con Alberto Girri, sus encuentros con Manuel Mujica Lainez (“Manucho estaba impecable, con sombrero, acompañado por, según dijo, un ‘sobrino’, igualmente impecable”)
En suma, las notas de Miguel Angel Bustos recopiladas exceden largamente su carácter de simples documentos históricos y, burlando los archivos, dan cuenta de una efervescencia editorial difícilmente recuperable y renacen con altiva lozanía para continuar siendo una verdadera lección de periodismo cultural.

Sin el temblor del poeta
Por Miguel Angel Bustos

La palabra primera (pronunciada cuando el Verbo era un mundo tangible y por lo tanto análogo a la piedra, esa eterna visión de lo estático para la visión y el canto) se transformaría con el tiempo en piedra de magia comparable al sortilegio del gran universo subterráneo: símbolo de unión del cielo y de la tierra.
Desde entonces, las cosmogonías, los relatos de lejanos países poseedores de piedras encantadas, las innumerables hazañas de mensajeros celestes cruzando la tierra en tránsito de custodia o redención. En la América anterior a la conquista, el poeta fue el forjador de infinitas piedras preciosas, de piedras capaces de portentosas proezas alquímicas, de prodigiosas metamorfosis. Hoy, otro poeta americano canta a Las piedras del cielo. Nacido en un siglo en el que la piedra es sólo meteorito, y olvidando el planeta que nos lleva (ese gran meteorito fantasma), Neruda traza su enigma de topacios, de esmeraldas y rubíes en el escenario angosto y en todo mecánico del “cancionero” que inventó y llamó –por paradoja de confusión– Odas elementales.
Con el comienzo de esa serie, al parecer inacabable, Neruda visitó con occidental humildad el sueño minucioso e infinito que nos atrapa devastadoramente. Y a la humildad añadió una verdad, ahora sí, “elemental”, inexistente en los objetos cantados. Con Las piedras del cielo acude a la retórica de organillo soñoliento que llevan sus Odas, tocando con visión de ciego un posible cantar de delirio y profecía. Su poesía no realiza ni cumple la búsqueda del origen de las fantásticas gemas, de las erráticas piedras.
El libro, que intenta ser un solo poema dividido en treinta cantos, arrastra las acostumbradas presencias: Quevedo, en la página 48, en el último verso, por ejemplo. Además de un eco general del Siglo de Oro español. Pero esto no constituiría defecto en sí mismo: es inevitable que la palabra contagie a las palabras. Pero el poeta cae en su propio vacío: la torpeza de emplear figuras que fueron hábitos necesarios en otro creador. A esta trampa antigua hay que sumar el deseo, quizás ingenuo, de realizar la escatología de las piedras, apocalipsis verborrágica que en continua enumeración de lujos sonoros acaba por aniquilar el universo de las mismas palabras.
Ya en un libro anterior, La espada encendida, que lleva una cita de la Biblia, Neruda había transitado ese camino que, entre abismos, conduce al poeta a imaginar el poema como el acto religioso por el cual el mundo de los hombres del mundo de las piedras es creado. Una obra semejante es empresa que exige un temblor de profeta y un verbo que, si habla del universo de las piedras, deje de ser verbo para hacerse piedra parlante, iluminadora.
Es posible que ya haya pasado, que vaya muy lejana, en otras lenguas, la primavera que hubiera permitido a Pablo Neruda el verbo de esas vastas cosmogonías que él, en su invierno, busca con fiebre y anhelo en libros construidos en su petrificada escuela interior, mientras las celestes piedras de la altura yacen selladas por el enigma.
(Nota sobre Las piedras del cielo de Pablo Neruda, publicada en Panorama el 16/2/1971.)

Los frágiles mundos de Henry James
Por Miguel Angel Bustos

Un estilo mesurado, casi perfecto, que tiene el tiempo interior de la naturaleza en su proceso de descomposición; es decir, cuando atraviesa las fronteras que separan el otoño del invierno. Se podría agregar que el lector que emprenda la tarea de leer uno de los textos que forman este estilo, el dilatado y crepuscular estilo del escritor anglonorteamericano Henry James, será prácticamente devorado por él, porque ¿quién poseería tanta fortaleza para abandonar la visión de lo monstruoso cuando se manifiesta a través de los elementos más obvios?
Persiguiendo el modo de cómo se da esta obviedad, este mirar de segunda mano, surge primero lo ambiguo y lo bifronte en James: un paisaje es natural e irreal a la vez, lo que se habla cotidianamente es excepcional dicho con gran bonhomía, un paraje o una ciudad se sospechan gozando de una enorme población pero nadie –fuera de los protagonistas– aparece, salvo algún ocasional mayordomo. La escena final de muchos de sus relatos, con una hábil y funcional trivialidad, aparenta disipar las dudas sobrenaturales que pudieran haber brotado en el lector sustituyendo los ocultos fantasmas por un final natural, hasta feliz.
Los cuentos recientemente publicados (La vida privada y otros relatos, ediciones Librerías Fausto) pueden develar en parte, ya que se trata de una buena selección, las virtudes y ambigüedades antes mencionadas del estilo James.
Otra fuente importante de claves, no totalmente descifradas hasta hoy, la constituye su biografía. La familia James, de la cual Henry era el segundo hijo, formaba en los años ’60 del siglo pasado un grupo singular. Por lo que se refiere a la obra del escritor (a su forma y contenido, a los núcleos de irradiación que engendrarían sus célebres puntos de opinión, es decir, el personaje o los personajes que asumen y se convierten en la conciencia de la novela o cuento), su padre y su hermano mayor tienen que haber jugado un papel más decisivo del que comúnmente se les asigna: Henry James, padre, autor de dos libros –Substancia y sombra y El secreto de Swedenborg– que lo alistaban junto al gran teólogo sueco, además trataba de encauzar su vida de acuerdo a las teoría de Fourier. En cuanto al hermano mayor, el filósofo William James, un libro suyo, Las variedades de la experiencia religiosa, editado el mismo año en que salía la obra de su hermano Henry Las alas de la paloma, señala un mundo espiritual y laico vinculado secretamente y desde siempre con la teología paterna. Es como si los dos hermanos, a diferencia de los otros menores, hubieran seguido disputando con el padre una especie de contrapunto ideológico: a través de toda la vida.
Ese duelo secreto tal vez aclare, en parte, el doble espacio y el doble tiempo, esa perpetua ambivalencia que a fuerza de vaciar el paisaje, las moradas, los seres humanos por medio de sutiles resortes hace que los escenarios sucesivos de las ficciones de James ocurran en el único país en donde todas las cosas están ya detenidas, es decir, el país de la muerte imaginada.
Si se recuerda esa figura literaria de James del tapiz, o sus otras teorías sobre la interacción de forma y contenido, sobre las omisiones que al obrar en una determinada representación del mundo lo hacen novelesco mientras que el mismo elemento lanzado en otra pintura de la vida realza, reaviva su sentido de la realidad, si se recuerdan estos fragmentos de sus ensayos puede delinearse mejor su papel de miniaturista paciente y solitario encargado de cumplir una tarea difícil. Frente a sus miniaturas, el vasto mural de La Comedia Humana se presenta como un universo habitable, terrible pero vital.
Ardua hazaña la de este creador laborioso de frágiles mundos que, a poco de andar en su imaginación, terminaban por morir para convertirse en serenos paisajes del infierno.
Antes de entrar en la muerte, volvió a su tierra de origen pero por poco tiempo. Regresó a su Europa, a Londres, a corregir sus libros, a añadir un prólogo, o a ordenar sus cartas. No había alcanzado una patria que le fuera natal, no había hallado un dios que despertara su entusiasmo. La muerte, en 1916, lo encontró desmesuradamente libre, prolijamente sujeto a los preceptos de un mundo de fantasmas.
(Publicado en El Cronista Comercial, el 26/11/75.)