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Por Mariano Kairuz
Guión animal
Pedro Saborido: TV, rock, Tato y politica.
Fue guionista de Tato Bores. Pergeñó aquel delirio relámpago llamado Delicatessen. Después se asoció a Diego Capusotto y Fabio Alberti para dar a luz Todo X $ 2. Y ahora es uno de los responsables de Peter Capusotto y sus videos, uno de los programas televisivos más lúcidos y corrosivos de esta década. Entre video y video, Pedro Saborido repasa una vida, del rock a la política y de vuelta al rock, pero siempre en el lugar más urticante de la televisión argentina.
“Me dirijo ustedes –nos advierte Ernesto Sorona, gobernador del Comfer– para que cuiden a sus niños de ciertos contenidos musicales del rock. Ustedes saben que los niños son medio pelotudos, por eso conviene
que no consuman lo que hace este artista de rock.” A continuación, el clip de Fabián Crema, estrella de la música popular, dueño de una “sensualidad que no conoce límites”. Cualquiera que se haya asomado en el último año a Peter Capusotto y sus videos, el programa de Diego Capusotto y Pedro Saborido (primero por Rock & Pop TV; después y a lo largo de todo el 2007 por canal 7, los lunes a las 23, con posibilidades de revisión permanente en YouTube), sabe que nunca como acá la televisión se ha cargado los estereotipos del rock y del rockero (“Es rock porque es bardo, es bardo porque es rock”, es el slogan de Pomelo, el rockstar capaz de aspirarse una línea de mayonesa).
“La cosa –dice Saborido– es agarrar un tema del costado del rock y divertirnos con eso. Satirizar al músico desquiciado que se quiere hace un piercing y se pone un clavo con una llave. El rock puede ser hermoso pero también es esa quemazón, tiene un lado muy pelotudo, y muy peligroso también, como se ha demostrado en los últimos tiempos: sí, bardo, somos las tribus, vivir el momento al palo; y todo se puede ir al carajo.”
La palabra pelotudo –con su carga de inocencia pero sin cinismo, con cierta ternura incluso– alcanza la gloria en este programa del que Calamaro escribió en su blog que es “lo mejor del rock argentino, e incluyo asimismo música y periodismo. Reírse, reírse de uno mismo, reírse un poco de los demás, hacer reír... auto-ironía y auto-mofa son, auténticos, grandes valores y virtudes divinas. (¡No somos dignos!)”. Ha sido un largo camino el de Pedro Saborido hasta llegar a esa alquimia, ese equilibrio extraño en el que es posible reírse incluso de aquello que se aprecia. Divertirse con la sensibilidad del que maduró pero que sin embargo no olvida ni reniega de sus pasiones juveniles, de aquel lugar en el que empezó todo. Y con Peter Capusotto, Saborido volvió a ese lugar, al rock. Será un poco por eso que, cuando se le pide que recorra su propia historia, que cuente sus comienzos en la radio, la época en que le escribió monólogos a Tato Bores y las mutaciones que sufrió el humor político en la Argentina en los últimos veinte años; en definitiva, que hable de todas esas cosas que jalonan su biografía, Saborido dice: “Si empiezo, empiezo por mi futuro. En el futuro me veo casado, con Marlene, que es mi novia desde hace catorce años y con la que tengo dos hijos, Dante y Sofía, de 9 y 7 años. Esto es lo más importante de mi biografía. Y de ahí vamos para atrás”. Allá vamos.

Primavera

A Marlene (Lievendag, directora de arte) la conoció en el programa de Tato; pero antes de Tato, antes de la radio, antes de casi todo, cuando tenía unos 19 años, Pedro Saborido se convenció de que lo que quería era dedicarse al cine. Entonces hizo un par de meritorios en películas como Los chicos de la guerra, Esperando la carroza y “otras de la época”. “Pero vi que el cine no iba a calmar mi ansiedad de hacer cosas: los directores se pasan un año y pico dando vueltas para sacar un proyecto, y yo necesitaba algo más de no sé lo que quiero pero lo quiero ya. Iba armando guiones, historias, pero por ahí no pasaba de un cuento, una síntesis.” El corte se produjo cuando se murió un amigo suyo de la infancia. “Me hizo un clic en la cabeza, y todo esto de esperar no sé cuánto tiempo para ver si algún día hacía una película, se me puso en el plano de que era una reverenda pelotudez. Y me fui a vivir a Villa Gesell.”
Cuando volvió se dijo que quería ser periodista y empezó a estudiar en la Universidad de Lomas. A eso aspiraban con Omar Quiroga –su compañero de militancia política desde la adolescencia y habitué de los mismos cafés de Avellaneda que él–, hasta que decidieron intentar hacer algo por cuenta propia y se metieron en la radios truchas. Durante un tiempo hicieron La luna con gatillo (título tomado de González Tuñón), donde, dice, “mezclábamos charlas filosóficas, rock, y pequeños sketches que en muchos casos eran mis historias cinematográficas, y donde comprobé que muchas resistían hasta tres minutos de duración”. En eso estaban cuando acudieron a una convocatoria de nuevos guionistas para radio Mitre, y se ganaron una invitación a escribir en el programa de Mario Sapag. “Duramos una semana. Obviamente no era su estilo. Pero en Mitre nos ofrecieron hacer algo por nuestra cuenta. No era nuestra idea salir al aire, y para evitarlo empezamos a trabajar mucho con collages: producciones con locutores, recortes de cintas de Menem y Alfonsín. Era una manera de escudarnos: éramos más productores y guionistas; aunque alguna gracia tendríamos al aire, porque duramos. Nos fue bien, ganamos Martín Fierro y todo, pero con Omar sabíamos que ser famosos no nos mataba, era más bien una presión, no lo disfrutábamos. Laburamos muy bien esos cuatro, cinco años. Y después nos llamó Sebastián Borensztein.”
En el programa de Tato tuvieron la oportunidad de sumergirse algo más en el humor político que habían empezado a hacer en radio. “Era una época en la que habían impactado mucho La noticia rebelde, Alejandro Dolina, y Radio Bangkok con Lalo Mir, que era una cosa muy loca y muy anárquica, que nos rompía la cabeza. Pero habíamos caído en hacer humor político casi porque no habíamos encontrado por dónde entrar al periodismo, pero la política nos interesaba también porque éramos militantes; siempre habíamos tenido cultura política y formaba parte de nuestra vida, de nuestra manera de ver las cosas.”

¿Cuándo fue el comienzo de tu militancia?
–En Avellaneda, de chico. Mi viejo fue un social-peronista militante desde pendejo y en casa siempre se alentó la participación. Yo fui a un colegio de monjas tercermundistas, rarísimo, en Gerli, Lanús. Era un colegio abierto –cobraban una cuota pero el que no podía no pagaba–, te hacían ir con zapatillas y pantalones con un guardapolvo así nomás para no hacer ostentación, un montón de cosas muy del tercermundismo que nos llegaba a nosotros; el 22 de agosto, cuando pasó lo de Trelew, se puso la bandera a media asta. Creo que esa educación cristiana pero izquierdista me pegó. Y para el ’81, ’82, cuando ya se empezaban a perfilar los partidos, nos fuimos al Partido Intransigente de Alende. Yo siempre fui filoperonista, pero en ese momento los lugares que tenía el peronismo en Avellaneda no eran muy felices. La apertura política de esta época fue de alguna manera un paso más de esa cosa de que no te gustaba cómo era el mundo ni cómo era la Argentina, y donde antes te contenía el rock ahora te empezaba a contener la primavera democrática. Por la política dejé entonces un poco de ser rockero. Siempre seguí escuchando rock, pero ya no era un militante consuetudinario de Obras Sanitarias.
Es que, todavía antes de la política, había sido el rock. “Desde que descubrí a Los Beatles a los 9 años hasta los 16, 17, fui rockero, de Topper negras y morral verde, e ir a Obras a ver lo que fuera: Pappo, Spinetta, Pastoral, El Reloj o Vox Dei. Era tan poco el ámbito rockeril que no era tan tribal en ese momento. Por ahí sí, estaba la gente más rockera y blusera a la que le parecía que Sui Generis era una porquería blanda. Pero yo estaba en un barrio en donde podíamos compartir todo eso y escuchábamos desde Emerson, Lake & Palmer, hasta Zeppelin, y Pappo’s Blues Volumen 2, y de ahí a Litto Nebbia, Almendra, Manal. Yo leía mucho El Expreso Imaginario y descubría música a partir de una nota de Rosso o de Petinatto. El rock no era nada más lo que uno escuchaba sino lo que uno compartía en ese derivado que había quedado del hippismo, esa cosa utópica e idealista, de no ser consumista, de vestirse no a la moda, de ser un poquito más místico y de escaparle a todo el Travolta de la época.”

Convertibilidad
La última estación de la línea que unió humor y política en las vidas de Saborido y Quiroga sería necesariamente la televisión. “Telefé era un rascacielos”, recuerda Saborido. “Con Omar ni siquiera habíamos tenido en nuestros planes hacer televisión. En esa época, para muchos de los que veníamos del rock, a principios de los ‘90, la televisión era una porquería; después se fue abriendo a otros elementos más locos, más under. Teníamos la astucia de saber cómo tratar el humor político, usar un doble sentido. No había censura pero había pieles sensibles, y se usaba la metáfora. Tato por ahí nos decía: Muchachos, no aludan directamente a la institución, aludan al hecho. Es que las instituciones eran mucho más sagradas: las Fuerzas Armadas, la Iglesia, un ministro, tenían una importancia. Fue pasando el tiempo y hubo rupturas más fuertes y entonces hoy CQC va y encara al ministro, al Presidente. No está mal, son tiempos distintos. Ahora, ¿qué metáfora? Si uno puede ir ahí y decirle al Presidente lo que sea.”
Después de Tato, y hasta el inicio de Delicatessen, Saborido pasó unos años dando vueltas, en los que, dice, no terminaba de hacer pie en ningún lado. “Fueron cuatro, cinco años que estuvieron buenos, porque no le di prioridad al trabajo, sino a mi mujer y a tener hijos. Y laburé para un programa de radio nocturno de Fontova que fue un delirio, un malentendido que estuvo bárbaro, y fue a partir de ahí que hicimos Delicatessen, y los conocí a Fabio (Alberti) y a Diego (Capusotto). El proyecto Delicatessen estuvo muy bueno; ya se había terminado Cha Cha Cha, y esto fue un intento quizá más profesional, pero no terminó de cuajar. Por ahí debería haber sido más simple y la sencillez apareció después con Todo X $2, cuando me empecé a meter más en la producción, con Diego y Fabio, con Néstor Montalbano que desde la dirección le dio una mayor solidez narrativa. Todo X $2 fue como el final de una liberación, hacer lo que tenía ganas de hacer sin fijarme si era algo político; como volver a la adolescencia. Tenía observación de pequeños pedacitos de la realidad, de lo absurdo de lo mediático; era como un reflejo de lo que pasaba en ese momento, un se pudrió todo. Para mí es como esa idea del rock de los ’70, de los Stones, de Floyd, de poder encerrar la locura en tres minutos: no era el caos, sino una locura armónica. Un caos, ordenado para poder ser compartido, no para me divierto yo y si los demás se divierten me chupa un huevo, sino para compartir un lenguaje. ¿Suena muy raro esto que estoy diciendo?”

Y después
Caos ordenado, locura armónica. Para el ’99, cuando empezó Todo X $2, habían pasado diez años de menemismo y el humor televisivo ya no podía ser el que había sido. “Fue como un ya nos dimos cuenta: nada es tan grave ni tan agobiante. Podíamos ponerlo a Sabato, cantando ‘Noche en la ciudad, ¡Sabato!’. Podíamos decir que esto o aquello es una porquería. Habiendo tanta gravedad en la vida real, inventarnos otras gravedades de la nada es una gran pelotudez. Pero no es todo lo mismo: una cosa es agarrar un montón de cosas que son de mármol, que están en un pedestal, y divertirme un rato con eso, y otra era la frivolidad menemista de cagarse en todo. Yo no me cago en todo. Pasa que el primero que no se tomó en serio las instituciones fue Menem, y si lo pudo hacer él para lo que se le canta el culo, como juntarse con Xuxa, se abrió una puerta. Le quitó la esencia que hacía respetables a muchas cosas. Hubo algo de desenmascare: Ah, ¿así que los políticos robaban? Se abrió una brecha; se le perdió respeto al Doctor, que parece que también se iba de putas por ahí.”

¿Cuál es el paso de Todo X$2 a Peter Capusotto y sus videos?
–Con Diego compartíamos este pasado rockero, y un día me dijo “Me encantaría pasar cosas, videos de rock”, y lo llamó a su amigo Marcelo Iconomidis, “El Griego”, que es un coleccionista de rock. Tratamos de tener una cosa abierta en el sentido de mostrar videos que no se pueden ver habitualmente y donde se ve a los músicos tocando. Pero básicamente queríamos jugar con todo eso que viene alrededor del rock. Si uno se maneja por modelos de estrella de rock, aparte de ser un músico o un gran artista por ahí tiene ganas de cogerse groupies o tirar televisores por la ventana. Es parte de lo que se ha mostrado. Tocamos algunas cositas de los costados, tratamos de trasladar al rock las oposiciones del fútbol o la política. Por ejemplo, parodiar la ingenuidad de la visión que la policía tenía en otra época de los hippies, cuando hoy la policía custodia los espectáculos de rock. O las letras: a mí me encanta Spinetta, pero de pronto estoy con amigos y les digo “Yo la verdad que esta parte de la letra no entiendo un porongo” y entonces satirizamos a estos tipos que empiezan tratando de tocar algo así y no llegan ni a 500 personas y se empiezan a poner más burdos para poder vender discos. A veces, así como puede ser una mirada distinta y artística sobre el mundo, el rock también puede ser un verdadero pasaporte a la pelotudez”.
Peter Capusotto y sus videos va por Canal 7 los lunes a las 23.