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Luca Prodan, un mito del rock argentino
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"...mañana de sol, bajo por el ascensor,
calle con árboles, chica pasa con temor...
no tengas miedo no; me pelé por mi trabajo...
las lentes son para el sol, y para la gente que me da asco...
parada "Carlos Gardel", es la estación del Abasto...
Subte Línea "B" y yo me alejo más del suelo...
y yo me alejo más del cielo también..."

Luca Prodan (1987)

por Daniel Amiano
Se trata de un mito.
Un mito del rock argentino -aunque nacido en Italia y educado en Londres- que llegó aquí para huir de su adicción a la heroína. Luca Prodan fue una de esas figuras que verdaderamente le cambiaron la cara (y el ritmo y la intención) a la música hecha en este rincón del mundo. ¿Cómo lo hizo? Con talento y sin inhibiciones.
Cuando cruzó el océano, incentivado por las fotos de las sierras de Córdoba que le enviaba su amigo Timmy McKern (algunos aseguran que eso ocurrió en 1979), advirtió que aquí había mucho por hacer. Entonces compró los equipos necesarios y formó Sumo.
Admirador de Joy Division (el álbum "Divididos por la felicidad" es un explícito homenaje a la banda) y seducido por la
cadencia del reggae, Luca llegó a la Argentina y se puso a componer una música que aquí no se había pensado: los años setenta habían hecho del rock una estética densa, oscura, introvertida. Para iniciados. A pesar de todo, y con el mismo desparpajo con que una noche desafió a Pappo (en un recital en el que su público resistía la actuación del cantante calvo) a correr hasta Rosario tomando vodka, inauguró un nuevo camino. Y con la mayor parte de las canciones de su repertorio cantadas en inglés.
Sumo era una banda caótica y poco prolija. Pero en ese caos había un niño terrible, Luca, que desafiaba constantemente lo establecido. ¿Por qué un concierto de rock no podía ser divertido? ¿Por qué no debía haber imprevistos?
Y con esa misma pasión que desplegaba (y que devoró) su vida, compuso una de las canciones que mejor pintan a Buenos Aires en la era rockera: "Mañana en el Abasto". Todo un símbolo.
Una síntesis perfecta de la mirada de este italiano inquieto y desafiante. Si hasta parece que fue escrita por un porteño del barrio donde Gardel (que, dicho sea de paso, también nació lejos de esta ciudad) cada día canta mejor. Los mitos se perfeccionan con el recuerdo. Y lo que queda, claro, siempre es lo mejor. Si hasta parece que Sumo no fue una banda under.
Lo cierto es que bastaron unos pocos años y algunos recitales sorprendentes para ubicar a Luca Prodan (y a Sumo, claro) entre los emergentes de los momentos de creatividad más exasperantes y definitorios de nuestro rock.
De hecho, el grupo tuvo dos herederos dilectos, Divididos y Las Pelotas, pero muchas otras bandas se "liberaron" gracias a la libertad de ese personaje imprevisible que siempre se manejó en los extremos.
El sábado último Luca hubiera cumplido 50 años. Hace casi dieciséis que murió. Sólo seis le bastaron para alimentar una figura que los años agigantan y mantienen intacta. Y creciente.

Su vida fue un exilio constante

Por Daniel Amiano.

La construcción de los mitos es tan inexplicable como la pasión. Todos cargamos alguna, de una manera u otra, y sin embargo no podemos explicarla más allá del instante en el que nos sucede. Luca Prodan es un mito. Un nombre que trascendió su breve tiempo para instalarse en un lugar difícil de deshilvanar mediante los hechos concretos. ¿Qué tenía ese hombre pelado, con mirada de niño travieso y hombre triste? Algo.
Pero ese algo no tenía que ver con una buena voz o con la pinta o con el genio musical o el genio poético. Tal vez, simplemente, se trataba de alguien que ardía tan sinceramente, que contagiaba. Y todo a su alrededor empezaba a arder por pura convicción, por puro desafío y, por qué no, por despecho. Porque su vida -al menos la que nos dejó conocer- fue una suma de acciones urgentes, a veces desesperadas, que justificaran seguir.
Y Sumo fue un lugar y una excusa (tal vez la mejor excusa) para concretar esa necesidad de activar su vida, que no tenía que ver con la búsqueda del reconocimiento, sino con la búsqueda de algún lugar al cual pertenecer. No en vano la vida de Luca es, prácticamente, un exilio constante. Pero un día llegó la muerte, y con la muerte el mito, las exageraciones y esa especie de solemnidad que se sube a los recuerdos.
La tarea, entonces, es la de desacralizar el mito y humanizarlo, devolverle imperfección. En fin, recordar que fue un ser vivo y no un busto de cemento. Porque Luca Prodan -y Sumo, por supuesto- forma parte del folklore reciente, el que pertenece a los jóvenes que en los años 80 seguían espantados y asustados por los horrores de los 70 y comenzaban a despertar de las promesas de la democracia. Los 80, años de esperanza y cocaína, de apertura y confusión, de proyectos y mentiras. Luca es, desde este presente, la voz institucionalizada de lo que en su momento era juego, escándalo, provocación. Por eso, los films que se prometen pueden ofrecer (al menos desde lo que hoy se conoce) las dos caras del artista. La primera, la de su figura de carne y hueso; la otra, la que nació cuando se le fue la vida.
La de Luca fue una historia salvaje, no dramática, porque el drama es, justamente, lo que "el pelado" dejó atrás cuando se descubrió haciendo canciones en las sierras cordobesas, después de un itinerario breve pero intenso por el Viejo Mundo. Por eso Luca es tan nuestro; porque quiso su bandera "planchadita"; porque descubrió el Abasto con ternura porteña; porque se alejó de los "viejos vinagres"; porque vivió como creyó que tenía que vivir: intensamente, y porque la vida se le iba siempre.

Luca Prodan, diez años después

La muerte también es esa instancia que termina por dar forma definitiva a los mitos. ¿Por qué alguien se convierte en uno de ellos? Vaya tarea descubrirlo. Tal vez porque realiza -desde esa figura idealizada- aquello a lo que sus seguidores no llegan en la vida cotidiana, y porque, de alguna manera, no traiciona aquellas normas que ellos suponen fundamentales para el momento que viven, sólo que el camino es interrumpido por la muerte. Ahí, en ese preciso momento, el mito toma forma definitiva. El personaje no les da tiempo a sus incondicionales para que lo destruyan, como pasa generalmente con los ídolos. Es preciso que se
comporten como semidioses dentro del terreno en el que han irrumpido, con muy poco (o ningún) margen para el error.
Hoy se cumplen diez años de la muerte de Luca Prodan. Mito irreductible del rock nacional que, a pesar de su muy breve carrera, ganó adhesiones y rechazos absolutos, casi sin puntos medios, pero que, desde Sumo, la banda que ideó inicialmente con Germán Daffunchio y Timmy McKern, cambió vertiginosamente el rock de este país que venía golpeado, oscurecido, cerrado y conservador. El movimiento local no se permitía la diversión, porque ésa era tarea de otra categoría de la música.
Luca llegó al país (no se sabe la fecha con certeza, pero se supone fue en 1979) para comenzar una nueva vida. Italiano de nacimiento y educado en Londres, escapaba de la heroína. Quería iniciar una vida "limpia" en Traslasierra, lugar que le describía en las cartas su amigo Timmy, que pasaba sus días entre las sierras cordobesas y Hurlingham. Llegó para vivir bien lo que le quedara de vida. Cinco o cincuenta años, lo que fuera. Y, de hecho, aquí tuvo una segunda oportunidad. Y la excusa fue Sumo. Una banda desprolija e irreverente que le cambió la cara al rock o, mejor, se "permitió" jugar desde la música aunque el resultado no fuese perfecto. Lo importante era poder ir un poco más allá de lo que hasta el momento estaba claramente delimitado.
Cuatro discos en cuatro años (1984-1987) bastaron para que Luca, rapado y al frente de Sumo, tomara dimensiones y sobredimensiones inesperadas. Un mito logra, por ejemplo, que hoy buena parte del público de rock diga que estuvo en alguno de los pocos Obras que hizo la banda. Si nos dejásemos llevar por estas afirmaciones, Sumo hubiese convocado en el último año de existencia a más gente que los Stones. Y no fue así, para nada. Era una pasión, sí, pero no un fenómeno popular de las dimensiones que tomaría tras la muerte de Prodan.
Pero este italiano que aprendía español desde las canciones y con la ayuda del público, tenía un magnetismo especial. Su imagen era tan poderosa que despertaba conceptos totalmente antagónicos, como "(Sumo) es una de las bandas más originales y competentes entre las surgidas en el radio porteño en los últimos tiempos", firmado por Alfredo Rosso en 1982, o "eso es la música de Sumo, algo hueco que linda con la incoherencia y el lavado de cerebro. Si sos un snob, y te copan las cosas raras, andá. Si te considerás un ser pensante, no", en un comentario que apareció en el diario El Tiempo, en 1985.
Luca jugó a ser Luca, es decir que todo lo que se diga de él es cierto y no. Tal como pasa con los mitos. Quería cobrar en Sadaic para viajar a Entre Ríos e internarse para combatir el alcoholismo que finalmente le ganó la partida. También decía que en Formosa lo elegirían presidente. Con sus últimas fuerzas grabó "After Chabón". Llegó a la Argentina para vivir, y lo hizo. Vertiginosamente. Dejó algunos temas inolvidables. Le cantó al Abasto como el mejor porteño. Murió un día antes de cobrar sus derechos de autor en Sadaic.